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Proyecto de Investigación Santander-Universidad Complutense de Madrid

Esta página web responde a los trabajos realizados en las investigaciones sobre Evaluación del recuerdo y otros trastornos psicológicos asociados a trauma / Assessment of memories and other psychological disorders associated to trauma, desarrollados por el Grupo UCM de Investigación en Psicología del Testimonio (ref. 971672), en el marco del proyecto sobre Evaluación de necesidades psicosociales en refugiados y solicitantes de asilo (PR26/16-20330) y del proyecto sobre Evaluación de traumas psicológicos en refugiados y solicitantes de asilo especialmente vulnerables (niños y mujeres) (PR75/18-21661).

Trauma en refugiados y víctimas de guerra



Se considera refugiado a “una persona que, debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país; o de quien, por no tener nacionalidad y estar fuera del país de su antigua residencia habitual como resultado de tales eventos, es incapaz, debido a tal miedo, de estar dispuesto a volver a éste” (Convención sobre el Estatuto de los Refugiados; ONU, 1951)
Las personas que han solicitado asilo en países de la Unión Europea y concretamente en España ha crecido notablemente desde 2011, principalmente por el conflicto ucraniano y sirio. Así, 1.287.100 de personas pidieron por vez primera asilo en la Unión Europea entre enero de 2015 y enero de 2016 (Oficina Estadística de la Unión Europea, 2016).
No obstante, Europa no es el único lugar de destino de los refugiados, así por ejemplo, son cientos los que han llegado en los últimos años a Chile, un 50% de ellos procedentes de zonas en conflicto de Colombia, pero también de Afganistán, Siria o Palestina.
Los solicitantes de asilo en Europa proceden principalmente y en este orden de los siguientes países: Siria, Ucrania, Mali, Argelia, Palestina, Nigeria, Pakistán, Somalia, Venezuela e Irak (Comisión Española de Ayuda al Refugiado, 2014).
Al margen de cuál sea la resolución de la solicitud de asilo; esto es, que sean reconocidos como personas refugiadas, reciban protección internacional o protección subsidiaria, la realidad es que estas personas se han expuesto a un proceso de migración que lleva implícito una serie de fases en las que experimentan una sucesión de estresores y situaciones que les pueden marcar en lo sucesivo (Zimmerman, Kiss y Hossain, 2011).

“Queremos volver a Siria pero con protección internacional”




El 74% de los refugiados sirios afincados en Líbano no tienen papeles. El 69% viven por debajo del umbral de la pobreza

Diana Rodríguez Pretel
Aarsal (Líbano) | 4 de Septiembre de 2019



Campo de refugiados del Líbano.  D.R.P.



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La zona fronteriza entre Líbano y Siria parece un paisaje lunar. Kilómetros y kilómetros de tiendas de lona recorren uno de los lugares del Planeta con mayor concentración de personas refugiadas por metro cuadrado. Historias que dan paso a los recuerdos. Y recuerdos que afloran destapando un mundo infinito de sentimientos.

Los traumas de la guerra tardan en cerrar. Los refugiados sirios tienen que convivir con heridas psicológicas y con secuelas físicas como las que sufre Koder, un sirio refugiado en Líbano que perdió la vista cuando le estalló delante una bomba del Estado Islámico. Cuatro años después, cuenta que tuvo que cruzar la frontera a ciegas. “No puedo trabajar ni mantener a mi familia porque perdí mis córneas en la guerra por culpa de una bomba. Era taxista en mi país y ahora no puedo hacer muchas cosas, pero intento ayudar siempre a mi familia”, afirma con lágrimas en los ojos. Ahora tiene siete hijos y una esposa en la que se apoya para hacer cualquier cosa. “Deseo seguir viviendo, aunque no en una tienda de lona. Queremos volver a casa, pero con garantías de protección internacional. Nos gustaría que hubiera seguridad como antes de la guerra, aunque de momento eso no es posible”, añade Koder. Su objetivo es regresar a Siria, confiesa, aunque ocho años después de la guerra sigue siendo una utopía.

En los campos de refugiados del Valle de Bekaa y en Aarsal hay una sensación de vacío tremenda cuando se pregunta por lo que han dejado atrás. Primero viene el silencio y después el lamento. “Mi esposo murió en la guerra y me quedé sola a cargo de mis cinco hijas porque no tenía más ayuda. Las mayores estuvieron aquí unos meses, pero acabaron yéndose a Turquía a buscarse la vida”, recuerda Majeda, cuyo marido fue cruelmente asesinado en Siria. Majeda no está, sin embargo, sola. Su hija menor, Yassmen, a sus nueve años tiene claro que quiere ser médico y periodista. La pequeña –siempre sonriente– quiere ser doctora para curar a sus compatriotas heridos en la guerra, y también periodista para contarle al mundo lo que está ocurriendo al otro lado de la frontera. “Quiero estudiar y ayudar a la gente”, cuenta entre bromas y juegos.

A cada paso por este mar de plástico libanés aparece una desgarradora historia. Amina tiene cinco hijos y es consciente de que quizá no vuelva a pisar Siria. Los menores tienen miedo de los terroristas y no pueden evitar llorar cuando escuchan la palabra prohibida: Daesh. “Llegamos legalmente a Líbano, cruzamos las montañas y yo estaba embarazada. Mis hijos tienen pánico a la palabra Daesh. Por ejemplo si ven un avión sienten mucho miedo”, afirma esta mujer de 34 años. Huir de Siria ha sido la mejor decisión que ha tomado en su vida. Y también la más dura. “Cuando el Daesh llegó a Raqqa, nuestra ciudad, fue muy duro, muy duro. Todo era carísimo, pasábamos hambre todo el día, reinaba la inseguridad, no había trabajo para los hombres y nos tuvimos que ir porque allí no se podía vivir”, se lamenta esta joven. Ahora Amina sobrevive gracias a la ayuda de las organizaciones humanitarias que trabajan en la zona y haciendo de vez en cuando pequeños trabajos en las plantaciones de tabaco. Trabaja sólo cuando la llaman, hace turnos de ocho horas y cobra menos de cinco euros el día. A su marido directamente no le llaman, explica Amina, y el dinero no les da ni para que los niños tengan un balón.

En este asentamiento, uno de los 2.500 de refugiados sirios en Líbano, sobreviven también Mohamed y a sus siete hijos. Reconoce que tiene miedo de volver a Siria porque algunos de sus vecinos han sido reclutados por el gobierno de Bashar Al-Asad para luchar contra el ISIS. “La cosa va a peor. Hay muchos secuestros y te pueden reclutar. Ya lo han hecho. Tenemos mucho miedo de volver a nuestro país”, asegura este refugiado mientras mira a su mujer. “Allí no hay futuro. De momento no hay futuro. Lo único que deseo es que mis hijos vayan al colegio, que jueguen como niños y hagan todas esas pequeñas cosas. Queremos volver a Siria y que llegue la hora de dejar este asentamiento”, añade Mohamed.

Todos quieren regresar a Siria, pero no se irán hasta que tengan garantías de protección internacional. Halima, madre de cinco hijos y embarazada de seis meses lo ve muy difícil de momento. Para ella es un sueño. “Me encantaría poder vivir segura junto a mis hijos y mi marido. No aquí. Y poder vivir todos juntos felices como antes de la guerra. Éramos felices. Nos gustaría poder volver a Siria y recuperar nuestra vida”, confiesa esta mujer.

La mayoría de los refugiados sirios que se han quedado en Líbano, a las puertas de su casa, han desechado cualquier posibilidad de viajar a Europa. “Si tuviera la posibilidad de ir a Europa, lo haría, pero no todo el mundo puede. Es carísimo. Cuando preguntas por esto, reina el silencio. No es viable irse, no hay opción para nosotros”,confiesa Kafaa, que cubre su rostro con un niqab.

Halima también ha descartado subirse a uno de los botes que cruzan el Mediterráneo hacia Italia, Malta, Grecia o Turquía, porque es muy arriesgado. Reconoce que en Europa su vida sería mejor pero tendría más complicada la vuelta. “Los países europeos ya han hecho suficiente. Pero aquí en Líbano no todo el mundo recibe lo mismo. En este y en otros asentamientos no hay igualdad”, opina.

Isabel Ordoñez, portavoz de Acción Contra el Hambre en Líbano, alerta de que la situación –ocho años después– sigue siendo de emergencia. “Les proporcionamos agua, comida y el saneamiento que necesitan para vivir dignamente”. Y pese a esto no quieren volver, nos cuenta porque “tienen la percepción de que Siria sigue sin ser un país seguro, además no saben las represalias que pueden sufrir cuando vuelvan y, básicamente, porque no tienen un sitio al que volver”, añade Ordoñez.

El 69% se encuentra de los refugiados sirios afincados en Líbano viven por debajo del umbral de la pobreza. El 74% no tienen papeles y, por lo tanto, ni pueden trabajar ni tienen capacidad de moverse por el país por miedo a ser detenidos y deportados. Los pocos que trabajan sólo pueden hacerlo en tres sectores –construcción, agricultura y recogida de basuras– y cobran unos 278 dólares mensuales, un 47% por debajo del salario mínimo.

Después de ocho años huyendo de la guerra, sus vidas siguen prácticamente igual que cuando comenzó todo. Entre otras cosas, porque Líbano es el país del mundo con mayor número de refugiados per cápita: más de 1,6 millones de sirios y en torno a 800.000 palestinos.

Cuando termine esta cruel guerra civil, muchos de los refugiados volverán a sus casas e intentarán recuperar sus vidas. Aunque saben que el camino es largo. Según la ONU, reconstruir el país costará unos 390.000 millones de euros.


La ONU instala un cementerio de mochilas frente a su sede en homenaje a los más de 12.000 niños muertos en conflicto en 2018

MADRID
09/09/2019
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EUROPA PRESS

Se trata de la cifra más elevada desde que Naciones Unidas comenzó a monitorizar y denunciar estas graves violaciones.



Cementerio de mochilas para rendir homenaje a los niños que han muerto en conflictos durante 2018 - UNICEF

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia ha instalado un cementerio de mochilas frente a su sede para homenajear a los más de 12.000 niños que han sido asesinados o han resultado mutilados en zonas de conflicto durante el año 2018, la cifra más elevada desde que Naciones Unidas comenzó a monitorizar y denunciar estas graves violaciones.

Según el Informe Anual del Secretario General de Naciones Unidas sobre niños y conflictos armados de 2019, es probable que los números reales sean mucho más altos. Es más, esta organización estima que al menos un niño ha perdido la vida en uno de cada cuatro incidentes de este tipo.

Mientras los niños de muchas partes del mundo vuelven al colegio, otros miles se tienen que enfrentar a la difícil situación de vivir en países afectados por conflictos armados. Por esta razón, Unicef ha presentado una instalación en la sede de Naciones Unidas, en Nueva York, compuesta por 3.758 mochilas colocadas en línea evocando la imagen de un cementerio.

Cada una de estas mochilas de color azul representa la muerte de un niño en un escenario de conflicto. "Las mochilas de Unicef siempre han sido un símbolo de esperanza y oportunidades de futuro para la infancia", ha explicado la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore. "En solo dos semanas, los líderes mundiales reunidos en la Asamblea General de la ONU celebrarán el 30 aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño. Esta instalación debería recordarles lo que está en juego", ha añadido.

Este cementerio de mochilas -que después continuarán su viaje hasta aquellos niños que más las necesiten- se mantendrá frente a la sede de la ONU hasta el 10 de septiembre, varios días antes de que dé comienzo la Asamblea General de las Naciones Unidas y en la misma semana en la que millones de niños de todo el mundo volverán a sus clases para dar inicio a un nuevo curso.

Unicef ha lamentado que sean los más pequeños los que paguen el precio más alto en países con conflictos actualmente activos, como Afganistán, República Centroafricana, Somalia, Sudán del Sur, Siria, Yemen y muchos más.

La mayoría de las muertes infantiles están provocadas por el uso continuo y generalizado de explosivos en ataques aéreos, de minas terrestres, morteros, artefactos improvisados, ataques con cohetes, bombas de racimo o bombardeos de artillería, según ha recogido este informe .

"Mientras muchos niños vuelven al colegio estos días, llamamos la atención sobre todos aquellos, miles, que son asesinados en países en conflicto y cuya trágica pérdida marca de por vida sus hogares, aulas y comunidades", ha asegurado Fore. "Todos los logros que hemos alcanzado durante los últimos 30 años para mejorar la vida de los niños son la prueba de lo que podemos conseguir hacer si aprovechamos la voluntad política para anteponer a los niños sobre todas las cosas", ha concluido.

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Cuando la ocupación lo justifica todo: Israel dispara en la cabeza a un niño de 9 años, y se lava las manos

Público

10 septiembre, 2019

 Soldados israelíes dispararon a un niño palestino en la cabeza con munición real el pasado viernes 12 de julio durante una protesta en la que nos encontrábamos. El motivo de la manifestación es protestar en contra la expansión de los asentamientos en el poblado palestino de Kafr Qaddum, al norte del país, cerca de Nablus.

Abdul Rahman Yasser Shteiwi, de 9 años fue disparado mientras estaba sentado en la puerta de una de las casas del pueblo jugando a hacer dibujos en el suelo con un trozo de madera y totalmente ajeno a la manifestación que se estaba aconteciendo en ese momento. Se encontraba solo y alejado de los enfrentamientos entre los soldados y los manifestantes. ¿Cuál fue entonces el motivo para dispararle?

Abful fue trasladado de urgencia al Hospital Rafidia en Nablus alrededor de las 3 p.m. y fue operado de inmediato. El sábado, los médicos palestinos informaron que una exploración del cerebro del niño mostró más de 100 fragmentos de bala alojados en su cabeza. Unos días más tarde Abdul fue trasladado al hospital Tel Hashomer cerca de Tel Aviv. Curiosa fábula que Israel acabe tratando a sus propias víctimas…

Abdul en el hospital de Nablus momentos después de ser operado.

El jefe de neurocirugía del hospital de Rafidia, Othman Othman, que operó al pequeño durante tres horas y media, afirmó que la bala disparada contra Abdul fue munición real y no ningún tipo de artefacto de control de masas. Hablando a través de un intérprete, dijo: «Abdul tenía una lesión penetrante en el lóbulo frontal del lado derecho. La lesión fue grave y hay más de 100 fragmentos de bala en su cabeza”.

Además añadió: “Esto no es una bala de goma; Esta es una bala real. Una bala de goma no entraría de esa manera en el cráneo porque no tiene una cabeza afilada. Esto es algo que tenía una cabeza afilada".

Othman agregó que cree que la bala disparada contra Abdul «no era una bala normal»: “He visto muchas heridas de bala y solo se rompen en unas pocas piezas. Más de 100 fragmentos no es normal".

Esto contradice las afirmaciones del ejército israelí de que no se disparó munición real durante la protesta del viernes 12 de julio. A día de hoy el ejército sigue reiterando esta afirmación pese a las múltiples evidencias recogidas en el caso. 



Casquillos de bala, uno incluso con el proyectil todavía en él,
recogidos por los residentes del poblado momentos después de la protesta del 12 de julio.


El niño de 9 años permanece en estado crítico a la espera de evolución. El Dr. Othman finalizó: «Todavía no podemos decir cuál es la verdadera lesión cerebral y las secuelas que tendrá Abdul en el caso de que sobreviva».

El líder del comité de resistencia popular en Kafr Qaddum, Murad Shtaiwi declaró: «No tengo palabras para explicar la tristeza que siento. Pero si el ejército Israelí cree que con este tipo de prácticas dejaremos de denunciar su abuso, están muy equivocados. Nunca dejaremos de luchar».

Murad sería arrestado sin motivo aparente unas semanas después. Estuvo retenido por la policía israelí durante cinco días, sufriendo todo tipo de abusos y vejaciones durante su interrogatorio.

Shtaiwi agregó: “Quiero enviar un mensaje a toda la comunidad internacional; si te preocupan los derechos humanos y en especial los delos más pequeños, ven a protegerlos y comparte lo que sucedió con el resto del mundo».

El pueblo de Kafr Qaddum ha llevado a cabo protestas semanales durante 9 años contra el cierre de la carretera principal a la ciudad de Naplusa debido a la expansión de los asentamientos de colonos Israelíes cercanos. Los manifestantes se encuentran regularmente con gases lacrimógenos y balas de acero recubiertas de goma disparadas por las fuerzas de ocupación de Israel fuertemente armadas.

Desde el estallido de la segunda Intifada en septiembre de 2000, 2.103 niños palestinos han sido asesinados por las fuerzas de ocupación de Israel, según datos de Defense for Children Internatonal.

Fotografía de Abdul días antes de ser disparado por las fuerzas de ocupación israelíes.

El 112 más clandestino de la frontera

Los migrantes encuentran apoyo a pesar del rechazo social y la violencia policial en Bosnia-Herzegovina


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Aprovechando la oscuridad, varios voluntarios se aventuran a ayudar a los refugiados de la zona de Velika Kladusa
Aprovechando la oscuridad, varios voluntarios se aventuran a
ayudar a los refugiados de la zona de Velika Kladusa.

No Name Kitchen
Son las 7:48 am. En una carcomida mesa de té donde todo el mundo bebe café, el teléfono inteligente menos inteligente del barrio comienza a encenderse. Es de segunda mano y de vocación analógica. Carga lento, descarga rápido y su batería vive permanentemente asistida por otra externa que si se apaga, lo mata. Ya no está para estos trotes, pero ahí va, aguantando esta crisis humanitaria mejor que nadie en las tierras fronterizas de Velika Kladusa, donde lo bosnio y lo croata se reta a los ojos.
¡Bip, bip! Suena la llegada del primer mensaje del día: "Hola, sistra*. Nosotros llegar hoy. Policía Croacia problema. No hay nada. Necesita comida, ropa y saco de dormir. Por favor". En un inglés precario pero legible, este mensaje se suma a los otros 17 de WhatsApp, 8 de Facebook y 1 en IMO, una aplicación muy popular entre pakistaníes, bangladesíes e indios. Con una alerta más en Viber, va sumando 28.
Virginia está hoy a cargo del teléfono. Forma parte del equipo de distribución junto a Martín, quien se encargará más tarde de preparar los paquetes a repartir. Ella se barre las legañas de la cara, saca la lista de pedidos y revisa los compromisos ya cerrados por el equipo anterior. Esto suele ocurrir por la aparición inesperada de personas en los puntos de reparto. Personas que no tienen teléfono para solicitar ayuda y acordar un encuentro.
El rechazo social hacia los migrantes se siente incluso en los supermercados, donde se les tiene prohibida la entrada
El rechazo social hacia los migrantes se siente incluso en
los supermercados, donde se les tiene prohibida
la entrada
Sí, suena poco creíble lo de cruzarse medio mundo sin teléfono. Uno necesita mapas, contactar con la familia y tener el 112 listo por si las moscas. Sin embargo, a veces llega la policía croata: te detiene, te grita, te insulta, te humilla, te roba el dinero, te quema la mochila, te patea, te escupe, te encierra y te asfixia. Esta barbarie tampoco debería sonar creíble, pero es una realidad que incluso los propios agentes han denunciado.
A continuación, un policía sin más identificación que su pasamontañas te requisa el teléfono. Lo observa, saca la tarjeta SIM y ¡crack! la parte en dos. Luego pega un mazazo a la pantalla con la empuñadura del arma. Escarmiento ilegal oficial. Ilegal porque el uso de fuerza no está permitido salvo en casos de resistencia a la autoridad o como defensa propia. Oficial porque esto lo paga cada ciudadano europeo con sus impuestos. No hay descuento en la factura.
"Buenos días, ¿cuál es tu nombre?", responde con amabilidad Virginia a uno de los mensajes. "Yo, Hamza", contesta un joven de Mosul, una ciudad al norte de Irak. La comunicación no es fácil. Al preguntar por su ubicación actual, Hamza atina a decir que está durmiendo en una casa abandonada, usando una mezcla de inglés, árabe y emoticonos que haría temblar a Oxford.
Con el punto de encuentro pactado, Virginia anota todo lo necesario para Hamza: Comida para 5 personas, 3 sacos de dormir, 3 pantalones de talla media y 4 pares de zapatos. Pero es posible que ya no queden zapatos en el almacén, en cuanto llega una donación todo vuela. Es lo que tienen las devoluciones con violencia, que la gente vuelve descalza y cojeando.
Tan solo hace 15 días que Hamza le contaba a Jack, otro voluntario, su anterior experiencia con la policía croata. Tenía el labio roto y marcas en la espalda como latigazos en película de esclavos. La moral también, reptando a ras de suelo. Con todo, Hamza tenía claro que iba a reintentarlo en cuanto su hermano, desde Lyon, le mandase algo de dinero para el viaje.
Al final de la charla Jack le dio un papel diminuto donde aparecían un número de teléfono y un nombre de usuario de Facebook. Así fue como encontró la clandestina, pero famosa, línea de asistencia de No Name Kitchen en Bosnia-Herzegovina. En ella, todas las personas que cruzan la zona pueden solicitar ayuda, lo que sea: unas sandalias, un campin-gas o una pastilla de jabón, si lo hay y hace falta, es distribuido cada noche sin que nadie parezca saber lo que está sucediendo; pero sucede. 
"Tened cuidado en la zona del estadio de fútbol, ayer vimos a un vecino haciendo fotos a la matrícula", avisa Arrate. Ella estuvo distribuyendo paquetes de comida la noche anterior, a sabiendas de que ni los vecinos ni la policía ni el espíritu santo deben saber lo que hacemos. Dar comida a alguien con hambre no es ilegal a no ser que ese alguien no tenga visado y provenga de un país empobrecido.


Para Hamza y otras personas como Lilia o Kuldeep, quienes llevan años siendo ignoradas, rechazadas o incluso torturadas, tener un lugar donde sentirse escuchadas y atendidas es lo más parecido a encontrar refugio en un lugar tan hostil.
De camino al parque donde se suele reunir la comunidad afgana, Virginia se para frente a la puerta del supermercado y lee el cartel que acaban de colgar en la puerta "Prohibida la entrada a migrantes". Con toda la tristeza que esto le provoca, saca el móvil para tirar una foto al letrero, pero la notificación de un nuevo mensaje la detiene. "Buenos días. Soy Amina. Mi familia tiene necesidad de comida. Somos 4 y tengo dos hijos. Por favor, no tenemos dinero. Ayuda, amigos míos". Virginia escucha el audio, en un francés muy argelino, y se olvida del cartel, decidida a ayudarla para que Amina también se olvide de todos los carteles que no necesita este mundo.
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* Nota del autor: Sistra significa 'hermana' en bosnio-croata-serbio-montenegrino; un término comúnmente usado por los migrantes para referirse a las voluntarias.

La guerra: una máquina de fabricar trastornos mentales

Una nueva estimación calcula que vivir un conflicto bélico multiplica por cinco las posibilidades de sufrir depresión, ansiedad o bipolaridad. La OMS advierte de que también hay que prestar atención psicológica


Patricia Peiró
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Madrid
12 JUN 2019
 
Dos niños en las calles de Mosul (Irak). Romenzi Unicef


Vivir entre linchamientos, ejecuciones, bombas, balas, racionamiento de alimentos y agua y secuestros multiplica por cinco las posibilidades de sufrir una enfermedad mental. Una nueva estimación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que estar o haber estado en una zona de conflicto provoca más esquizofrenia, ansiedad, depresión, estrés postraumático, y bipolaridad que entre aquellos que no han experimentado estas vivencias. En un contexto normal sufren estas condiciones una de cada 14 personas, en una guerra, una de cada tres. Los datos se publican este miércoles en la revista científica The Lancet en el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre este asunto.

El resultado puede parecer obvio, pero resulta necesario para poner sobre la mesa la necesidad de incluir siempre la atención psicológica en la ayuda humanitaria. Y, sobre todo, fondos para la misma. "La ausencia de datos consistentes siempre ha sido un obstáculo para tomar en serio la salud mental", defiende Mark Van Ommeren, uno de los autores, en un correo electrónico. Junto a Fiona Charlson de la Universidad de Queenslandan, ha analizado 129 estudios sobre 39 países publicados entre 1980 y agosto de 2017, 45 de ellos en los últimos cuatro años. "Una de las condiciones más habituales es el estrés agudo causado por el dolor por todo lo que se pierde en situaciones de emergencia", señala Van Ommeren.

Estos hallazgos se incorporarán a los protocolos de ayuda humanitaria actuales, que ya incluyen directrices sobre la atención psicológica. "Los trastornos aumentan a medida que las personas intentan seguir su día normal, encontrar comida y tratar de obtener ingresos en el conflicto. La pobreza es endémica en las guerras, y esto tiene fuertes vínculos con las enfermedades mentales", indica la autora. La investigación ha analizado países como Afganistán, Irak, Nigeria, Somalia, Sudán del Sur, Siria y Yemen. En 2016, el número de conflictos armados alcanzó un máximo histórico, con 53 en 37 países. Actualmente el 12% de la población mundial vive en una zona bélica.

Hay que tener en cuenta que la guerra nomalmente acaba por destruir la escasa atención a la salud mental que en la mayoría de los casos existía previamente en estos países. "En cualquier comunidad habrá personas con problemas preexistentes, como la esquizfrenia y el trastorno bipolar y estas personas son muy vulnerables en situaciones de emergencia", apunta Van Ommeren. "Quienes están en tratamiento, lo ven interrumpido por el conflicto", señala su compañera.

Otro elemento que dificulta la correcta atención a estos problemas es el estigma. Algunas comunidades, particularmente las africanas, ni siquiera tienen traducción en su lengua para las enfermedades mentales, así que ni siquiera entienden por lo que están pasando. En otros casos, los efectos físicos de estas dolencias, como miccionar mientras duermen, contribuyen a la vergüenza y a evitar comunicar lo que les sucede.

La atención psicológica en los conlictos es una cuestión de voluntad política y para el coautor del estudio es importante dejar claro a las autoridades que un trastorno mental puede resultar en ocasiones tan grave como una amputación a la hora de salvar la vida. "Cuando el sufrimiento es tan grande, las personas pueden tener dificultades para funcionar lo suficientemente bien como para sobrevivir a la emergencia (por ejemplo, para huir). Así que esto puede poner vidas en peligro", resalta. En el mundo viven 41,3 millones de personas desplazadas por conflictos en este momento, más en ninguna otra época.

La OMS advierte de que, aunque las balas acaben de perforar los cuerpos y los misiles dejen de arrasar ciudades, los daños internos se prolongan muchos años más. Así lo resume Van Ommeren: "Cuando existe la voluntad política, las emergencias pueden ser catalizadores para crear servicios de salud mental sostenibles y de calidad que continúen ayudando a las personas a largo plazo".