Logos

Logos

Proyecto de Investigación Santander-Universidad Complutense de Madrid

Esta página web responde a los trabajos realizados en las investigaciones sobre Evaluación del recuerdo y otros trastornos psicológicos asociados a trauma / Assessment of memories and other psychological disorders associated to trauma, desarrollados por el Grupo UCM de Investigación en Psicología del Testimonio (ref. 971672), en el marco del proyecto sobre Evaluación de necesidades psicosociales en refugiados y solicitantes de asilo (PR26/16-20330) y del proyecto sobre Evaluación de traumas psicológicos en refugiados y solicitantes de asilo especialmente vulnerables (niños y mujeres) (PR75/18-21661).

Trauma en refugiados y víctimas de guerra



Se considera refugiado a “una persona que, debido a un miedo fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, membresía de un grupo social o de opinión política en particular, se encuentra fuera de su país de nacimiento y es incapaz, o, debido a tal miedo, no está dispuesto a servirse de la protección de aquel país; o de quien, por no tener nacionalidad y estar fuera del país de su antigua residencia habitual como resultado de tales eventos, es incapaz, debido a tal miedo, de estar dispuesto a volver a éste” (Convención sobre el Estatuto de los Refugiados; ONU, 1951)
Las personas que han solicitado asilo en países de la Unión Europea y concretamente en España ha crecido notablemente desde 2011, principalmente por el conflicto ucraniano y sirio. Así, 1.287.100 de personas pidieron por vez primera asilo en la Unión Europea entre enero de 2015 y enero de 2016 (Oficina Estadística de la Unión Europea, 2016).
No obstante, Europa no es el único lugar de destino de los refugiados, así por ejemplo, son cientos los que han llegado en los últimos años a Chile, un 50% de ellos procedentes de zonas en conflicto de Colombia, pero también de Afganistán, Siria o Palestina.
Los solicitantes de asilo en Europa proceden principalmente y en este orden de los siguientes países: Siria, Ucrania, Mali, Argelia, Palestina, Nigeria, Pakistán, Somalia, Venezuela e Irak (Comisión Española de Ayuda al Refugiado, 2014).
Al margen de cuál sea la resolución de la solicitud de asilo; esto es, que sean reconocidos como personas refugiadas, reciban protección internacional o protección subsidiaria, la realidad es que estas personas se han expuesto a un proceso de migración que lleva implícito una serie de fases en las que experimentan una sucesión de estresores y situaciones que les pueden marcar en lo sucesivo (Zimmerman, Kiss y Hossain, 2011).

Franco creó 300 campos de concentración en España, un 50% más de lo calculado hasta ahora

  
  • Una investigación del periodista Carlos Hernández, plasmada en su libro Los campos de concentración de Franco, documenta la existencia de 296 centros
  • Funcionaron desde el sublevamiento militar hasta finales de los años 60 y encerraron entre 700.000 y un millón de españoles, pasando una media de 5 años
  • Se sometía a los prisioneros a torturas físicas y psicológicas además de a trabajos forzosos
 
 
 11/03/2019
 
 
Los prisioneros abarrotan el campo de concentración habilitado en la
plaza de toros de Santander. Biblioteca Nacional de España
   
Franco creó en España un centenar más de campos de concentración de los que se creía hasta ahora. Una investigación del periodista Carlos Hernández plasmada en su libro Los campos de concentración de Franco documenta 296 en total, a partir sobre todo de la apertura de nuevos archivos municipales y militares. Por los campos pasaron entre 700.000 y un millón de españoles que sufrieron "el hambre, las torturas, las enfermedades y la muerte", la mayoría de ellos además fueron trabajadores forzosos en batallones de esclavos. Estuvieron abiertos desde horas después de la sublevación militar hasta bien entrada la dictadura.
El estudio anterior más completo, de Javier Rodrigo, había documentado hasta 188 campos de concentración en todo el país. También en torno a 10.000 víctimas mortales entre los asesinados y los fallecidos a consecuencia de las condiciones vividas ahí, pero Hernández cree que "esa cifra se queda corta con estos nuevos datos. Es imposible documentar todos los asesinatos y muertes porque no dejaban registro, pero en solo 15 campos que han podido ser investigados ya calculamos entre 6.000 y 7.000. No es una proporción exacta porque entre esos 15 estaban algunos de los más letales, pero nos hacemos una idea de que hay muchas más víctimas".
 


Mapa elaborado por Ana Ordaz
 
La comunidad autónoma que más campos albergó fue Andalucía, pero hubo por todo el territorio: el primero fue el de la ciudad de Zeluán, en el antiguo Protectorado de Marruecos, abierto el 19 de julio de 1936, y el último fue cerrado en Fuerteventura a finales de los años 60. El 30% eran "lo que imaginamos estéticamente como campos de concentración, es decir, terrenos al aire libre con barracones rodeados de alambradas. El 70% se habilitaron en plazas de toros, conventos, fábricas o campos deportivos, hoy muchos reutilizados", explica Hernández. Ninguno de los presos había sido juzgado ni acusado formalmente ni siquiera por tribunales franquistas, y pasaron ahí una media de 5 años. Sobre todo eran combatientes republicanos, aunque también había "alcaldes o militantes de izquierdas" capturados tras el golpe de estado en localidades que cayeron en manos del ejército franquista.
 
Prisioneros de las Brigadas Internacionales en el campo de concentración
de San Pedro de Cardeña (Burgos). Biblioteca Nacional de España
   
 Trabajos forzosos, hambre y torturas
 
En los campos de concentración de Franco se hacía una labor de "selección". Se investigaba a cada uno de los prisioneros, principalmente mediante informes de alcaldes, curas, y de los jefes de la Guardia Civil y la Falange de las localidades natales. A partir de ahí, clasificaban a los prisioneros en tres grupos, en términos franquistas: los "forajidos", considerados "irrecuperables", iban directamente a juicio, en el que se les decretaba cárcel o paredón. Los "hermanos forzados", es decir, los que creían en las ideas fascistas pero obligados a combatir en el bando republicano; y los "desafectos" o "bellacos engañados", los que estaban del lado republicano pero los represores valoraban que no tenían una ideología firme y que eran "recuperables". 
Los "desafectos" poblaron de manera estable los campos de concentración y fueron condenados a trabajos forzosos. Durante la guerra estuvieron obligados a cavar trincheras, y al término del conflicto, principalmente a labores de reconstrucción de pueblos o vías. Sufrieron torturas físicas, psicológicas y lavados de cerebro: tenían que comulgar, ir a misa, o cantar diariamente el Cara al Sol, como ha documentado Hernández. También hay testimonios explícitos de hambrunas extremas, "la peor pesadilla de los prisioneros", enfermedades como el tifus o tuberculosis y plagas de piojos. Muchos de ellos fueron asesinados en el propio campo o por tropas falangistas que iban a buscarles, y otros muchos no sobrevivieron a la falta de alimento, higiene y atención sanitaria. 
En noviembre de 1939, meses después del fin de la guerra, se cerraron muchos campos, "pero lo que sucede realmente es una transformación", relata el periodista. "La represión franquista era tan bestia y tenía tantas patas que evolucionó en función de las circunstancias. Franco, aunque aliado con Italia y Alemania, quería dar una buena imagen ante Europa, quería emitir una propaganda de respeto de los derechos humanos. Por eso oficialmente los campos terminan, pero algunos perduran durante mucho tiempo". El último oficial, también el más longevo, fue el de Miranda de Ebro (Burgos), que duró de 1937 a 1947. 
Después hubo lo que Hernández denomina "campos de concentración tardíos", creados durante los años 40 y 50 y con denominaciones ya distintas. Fueron el de Nanclares de Oca (Álava), La Algaba (Sevilla), Gran Canaria y Fuerteventura, estos dos últimos para prisioneros marroquíes de la guerra del Ifni y cerrados en el 59. Durante el resto de la dictadura siguieron quedando vestigios: por ejemplo, en 1966 se clausuró la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía (Fuerteventura), en la que se encarcelaba y "reeducaba" a homosexuales. 
 
 
 
Prisioneros haciendo el saludo fascista en el campo de
concentración de Irún en Guipúzcoa Biblioteca Nacional de España
    
"Ha habido miedo a hablar"
 
Según Hernández, hay que "rehuir" la comparación que parece inevitable con los campos nazis. En primer lugar porque "al lado de Auschwitz, de millones de víctimas en la cámara de gas, cualquier crimen brutal parece menos crimen". Y en segundo porque el sistema franquista era muy diferente: así como en la Alemania nazi todo estaba más o menos estructurado y los dividían entre los de exterminio directo y los de exterminio por trabajo, los españoles eran mucho más heterogéneos y todo más "caótico". Los campos de Franco variaban mucho en tamaño, y la suerte y destino de los prisioneros dependía en muchos casos de las decisiones del propio oficial, que los había más y menos sanguinarios. 
Sobre el papel, estos centros estaban destinados solo a hombres: "En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración". Aunque sí hay constancia de grupos de cautivas en algunos como en el de Cabra (Córdoba), ellas fueron sometidas a idénticas torturas sobre todo en las cárceles. Las prisiones, al igual que las unidades del Patronato de Redención de Penas que construyeron el Valle de los Caídos, no están incluidas en esta investigación. Hernández la ha limitado a lo que la propia documentación del régimen categoriza como 'campos de concentración' –además de los cuatro tardíos– porque "la represión fue de tal magnitud y tuvo tantas estructuras que para poder explicarla tienes que parcelarla". 
La segunda parte del libro de Hernández, que se publica el próximo 14 de marzo, consta de testimonios de víctimas. Quedaban pocos supervivientes que pudieran contarlo pero el autor conversó directamente con media docena de los que fueran presos en uno o varios de los casi 300 campos de concentración. Todos ellos han fallecido en los últimos tres años, el último el pasado jueves, Luis Ortiz, quien pasó por el de Irún, por el de Miranda de Ebro y por el de Deusto. 
Durante muchas décadas "ha habido vergüenza y miedo" a hablar. Además de esas conversaciones con los antiguos presos, mucho de lo recuperado por Hernández parte de publicaciones elaboradas durante la Transición y de documentos familiares: "Hubo mucha gente que dejó escritos a sus hijos y nietos de lo que ocurrió". Él anima a eso, "a preguntar a la abuela, al abuelo, por lo que pasó: en todas las familias españolas hay alguien cercano con historias sobre esto. No quiero que esto sea un punto y final a la investigación sobre los campos de concentración, sino un estímulo para reabrir el tema".
  
Prisioneros del campo de concentración de San Pedro de
Cardeña (Burgos) trabajando en la construcción de una carretera cercana.
Biblioteca Nacional de España
 
 
 
 
 

Terror en los campos de Franco


Carlos Hernández de Miguel
8 MAR 2019
enlace


Reeducación, esclavismo y muerte marcaron la vida en los campos de internamiento creados por el bando ganador de la guerra. El libro Los campos de concentración de Franco regresa a aquel país de miedo y desolación. Su autor evoca en estas páginas la memoria de aquel horror. Luis Ortiz, uno de los últimos esclavos del franquismo y protagonista de este reportaje, ha muerto este jueves, 7 de marzo, a los 102 años


Prisioneros de San Pedro de Cardeña (Burgos) haciendo el saludo fascista.
fotografía de los fondos de la Biblioteca Nacional de España


LA IMAGEN DE la bandera franquista ondeando al otro lado de la frontera le provocó una profunda inquietud. Nunca hasta entonces la había contemplado tan de cerca. Tras dos años y medio combatiendo en las filas del Ejército republicano, de la dura derrota y de siete meses de exilio en Francia, Luis Ortiz (fallecido este jueves, 7 de marzo, a los 102 años) estaba decidido a retornar a casa aquel 1939. Su madre había sondeado en Bilbao a personas cercanas al nuevo régimen. Todas le aseguraron que, si su hijo regresaba, nadie le molestaría ya que no existía cargo alguno contra él. El informe materno le generó más confianza que las promesas realizadas por las autoridades españolas y francesas. Luis nunca se había acabado de creer el mensaje que repetía la megafonía de los campos de concentración galos de Septfonds y Gurs, en los que había compartido cautiverio con miles de compatriotas: “Volved a vuestro país. Nada tiene que temer en la España de Franco aquel que no tenga las manos manchadas de sangre”.
Muere Luis Ortiz, uno de los últimos esclavos del franquismo

Ya no era momento de echarse atrás. Luis siguió adelante y cruzó tranquilamente el puente de Hendaya. “Irún estaba plagado de guardias civiles y falangistas. No tardaron ni un minuto en detenerme”. Instantes después ingresaba como prisionero en el cercano campo de concentración habilitado en la fábrica de chocolates Elgorriaga. Allí comenzó un periplo que le llevaría a pasar por otros dos campos de concentración y por un batallón de trabajadores esclavos. Luis Ortiz fue uno más del cerca de millón de españoles víctimas de un sistema que comenzó a organizarse tras la sublevación contra la Segunda República.

Los generales golpistas tardaron 24 horas en abrir el primer campo de concentración oficial del franquismo. El lugar escogido fue una vieja fortaleza del siglo XVII en el corazón del protectorado español en Marruecos. Entre el 18 y el 19 de julio de 1936, decenas de militares que habían permanecido leales al orden constitucional, miembros de organizaciones republicanas, cargos públicos, periodistas y maestros comenzaron a ser confinados en la alcazaba de Zeluán. Todos ellos eran, en cierto modo, afortunados. Solo en la primera noche de la sublevación los golpistas habían fusilado a 189 personas en Ceuta, Melilla y el territorio del protectorado. Un día después Franco oficializó esta práctica represiva. A través de una orden, pidió a sus compañeros de rebelión que organizaran “campos de concentración con los elementos perturbadores” a los que debían emplear “en trabajos públicos, separados de la población”.
El rancho. Campo de San Pedro de Cardeña (Burgos).
Fotografía de los fondos de la Biblioteca Nacional de España
Antes de finalizar el mes de julio abrieron sus puertas los campos de El Mogote, a 10 kilómetros de Tetuán, y La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria. En Mallorca, el comandante militar publicó en la prensa una nota oficial: “Firme, humanitaria y severa, la España rescatada, en defensa de sus hijos leales, no podrá tener con los traidores otra actitud que encerrarlos en campos de concentración. No será cruel porque será cristiana, pero tampoco será estúpida porque dejó de creer en el parlamentarismo liberaloide. Sépanlo todos y especialmente los señoritos comunistas de cabaret: hay plazas vacantes en los campos de concentración, y picos, palas y azadones disponibles en sus almacenes”. Siguieron los pasos de Baleares todos y cada uno de los territorios en los que triunfó rápidamente el golpe de Estado: Galicia, Navarra, zonas de Castilla la Vieja y de Andalucía… “Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes políticos; para masones y judíos; para los enemigos de la Patria, el Pan y la Justicia”, anunciaba amenazante la Falange de Cádiz en la portada de su periódico Águilas.

Alegoría tenebrosa del campo habilitado en el convento de San Marcos,
en León, dibujada por el preso Cástor González.
Dibujo cortesía de Cástor González Ovies

Metódicamente, las zonas conquistadas por los ejércitos franquistas fueron sembradas de campos de concentración. Sus inquilinos eran mayoritariamente prisioneros de guerra capturados en el frente. También pasaron por ellos todo tipo de presos políticos: altos cargos de la Administración, militantes de partidos políticos y sindicatos, hasta mujeres cuyo único delito era el ser esposa, madre o hija de un combatiente republicano. Andalucía fue la región que albergó un número mayor de recintos, 51. Le siguieron la Comunidad Valenciana, con 41; Castilla-La Mancha, con 38, y Castilla y León, con 24. Fueron en total 286 los campos de concentración oficiales abiertos entre 1936 y 1939 que hemos podido documentar. Algunos, como la plaza de toros de Valencia o el campo de fútbol del viejo Chamartín en Madrid, aunque reunieron a miles de prisioneros, funcionaron solo durante unos días. La mayoría operaron durante años, como el de Miranda de Ebro (Burgos), el más longevo del franquismo, que cerró sus puertas en 1947.

A diferencia del meticuloso sistema de los nazis, el español fue poco homogéneo. Aunque en julio de 1937 Franco creó la Inspección de Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP) para centralizar el control de estos recintos, la improvisación, el caos organizativo y las disputas entre generales provocaron enormes diferencias. Las condiciones de vida variaban en función de la provincia, del comandante militar a cargo de la región o del oficial designado para dirigirlo. Las posibilidades de sobrevivir crecían si el jefe impedía la entrada de falangistas que iban a la caza del hombre y descendían si era un corrupto y desviaba a su bolsillo parte del dinero que debía destinar a la alimentación. A pesar de las diferencias, todos cumplieron una misión principal: seleccionar a los cautivos. El Generalísimo no quería que ni uno solo quedara en libertad sin haber sido investigado y depurado. Lejos de respetar sus derechos como prisioneros de guerra, la España “nacional” no los consideraba miembros de un ejército, sino, tal y como verbalizó la propia ICCP, “una horda de asesinos y forajidos”.
Luis Ortiz. CARLOS HERNÁNDEZ

Para dictaminar su supuesto grado de criminalidad, los cautivos fueron sometidos a complejos procesos de clasificación en los que se solicitaban informes a los alcaldes, guardias civiles y sacerdotes de sus localidades de origen. Sufrieron durísimos interrogatorios que en numerosas ocasiones terminaron con la muerte. Luis Ortiz fue testigo de este tipo de prácticas en el campo de concentración de la Universidad de Deusto, en Bilbao: “Como sabía escribir a máquina, me destinaron a las oficinas. Tomaba nota de lo que los presos declaraban. Cuando no les gustaba lo que contestaban, les daban con un palo en los riñones. Una y otra vez. Eran tremendamente duros los interrogatorios”.
Campo de concentración del lazareto de Gando (Gran Canaria).
Fotografía cortesía de Fernando Caballero Guimerà

Tras reunir toda la información, las comisiones los dividían, básicamente, en tres grupos: los enemigos considerados irrecuperables, que eran sometidos a juicios sumarísimos donde se les condenaba a muerte o a largas penas de prisión en cárceles inmundas; los que, aun siendo contrarios al nuevo régimen, se estimaba que podían ser “reeducados”, y, por último, los considerados “afectos”, que eran incorporados al Ejército franquista o puestos en una libertad que siempre sería condicional, bajo la eterna vigilancia de las autoridades civiles y militares.

Los campos sirvieron también como lugar de exterminio y de “reeducación”: los cautivos perecían de hambre, de frío y de enfermedades provocadas por las deplorables condiciones higiénicas y la ausencia casi total de asistencia sanitaria; centenares de hombres fueron sacados a la fuerza por grupos de falangistas, guardias civiles o comandos paramilitares que, con la complicidad de los mandos castrenses, los asesinaron en cualquier cuneta. Según fue avanzando la guerra, estos “paseos” irían siendo sustituidos o complementados por los asesinatos “legales”: ejecuciones llevadas a cabo tras unos consejos de guerra que apenas duraban una hora y que en muchas ocasiones se celebraban en los propios campos. En el habilitado en el convento de Camposancos, en A Guarda (Pontevedra), los acusados eran juzgados en grupos de hasta 30 personas. Sus abogados eran militares franquistas que solían limitarse a confirmar la gravedad de los cargos.

Franco tenía claro que quienes sobrevivieran a los campos debían salir de ellos “reformados”. Los prisioneros de San Marcos, en León, recibieron un librito en el que se les intentaba adoctrinar sobre religión, política y conceptos morales. En él se les decía: “Aspiramos a que unos salgáis (…) espiritual y patrióticamente cambiados; otros, con estos sentimientos revividos, y todos, viendo que nos hemos ocupado de enseñaros el bien y la verdad”. Ese “bien” y esa “verdad” fueron inculcados a través de un cruel proceso de deshumanización. Los cautivos eran despojados de sus pertenencias, rapados al cero e incorporados a un grupo humano impersonal que se movía a toque de corneta y a golpe de porra. En la mayor parte de los campos se impartían además dos charlas diarias de adoctrinamiento sobre temas con títulos elocuentes: “Errores del marxismo. Criminalidad imperante antes del 18 de julio. Los fines del judaísmo, la masonería y el marxismo. Por qué el Ejército toma la labor de salvar la patria. El concepto de España imperial”.
Republicanos capturados por las tropas franquistas.
Fondos de la Biblioteca Nacional de España
La Iglesia desempeñó un papel clave en la “reeducación”. La asistencia a misa era obligatoria, y la comunión, conveniente para congraciarse con los guardianes. Los jefes de los campos consideraban el mayor de los éxitos lograr la conversión de los internos. Tal y como redactó el teniente coronel Cagigao, responsable militar del campo de concentración de El Burgo de Osma (Soria), en un informe elevado a Franco: “¡Espectáculo soberbio! ¡Cuadro imponente de una magestad [sic] y grandeza que solo puede verse en la España del Caudillo, el de 3.082 prisioneros de rodillas con las manos cruzadas y discurriendo entre ellos 10 sacerdotes que distribuían la sagrada forma!”.

Los campos de concentración también nacieron con el objetivo de aprovechar a los prisioneros como mano de obra esclava. En Baleares, Canarias y el protectorado de Marruecos estos recintos fueron, durante la contienda, centros de trabajos forzados destinados a la construcción de infraestructuras y fortificaciones. En Mallorca, los internos de los campos de Pollensa, San Juan de Campos, Manacor y Sóller construyeron más de 100 kilómetros de carreteras. En la Península la situación fue menos homogénea. Al principio de la guerra, los cautivos eran usados arbitrariamente. Generales, oficiales, alcaldes, falangistas y particulares afectos a los golpistas les empleaban en todo tipo de tareas: excavando trincheras, reconstruyendo puentes, rehabilitando pueblos destruidos. En 1937, con el nacimiento de la ICCP, el trabajo esclavo empezó a sistematizarse. Franco reguló ese año por decreto lo que definió como el “derecho obligación” al trabajo de sus cautivos. Y paso a paso fue surgiendo el sistema de explotación laboral de los prisioneros y presos políticos.

En los llamados batallones de trabajadores llegaron a ser explotados, simultáneamente, entre 90.000 y 100.000 personas en más de un centenar de compañías desplegadas por la geografía nacional. Funcionaron hasta 1940. A partir de ese momento se garantizó la mano de obra esclava obligando a los varones en edad militar que no habían combatido en las filas franquistas a realizar la mal llamada “mili de Franco”. De ellos, quienes eran reconocidos como afectos al Movimiento ingresaban en el Ejército regular. El resto iban a parar a los llamados Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores, que retomaron las labores de los batallones de trabajadores, o fueron destinados a realizar fortificaciones en el Pirineo, el Campo de Gibraltar y las costas españolas de cara a una posible entrada del país en la Segunda Guerra Mundial. Anualmente, entre 1940 y 1942, trabajaron 47.000 hombres en estos batallones. Hasta 1948 siguieron operativas algunas de estas unidades formadas por los republicanos que iban saliendo de prisión tras ser indultados o cumplir íntegramente sus penas.
Un prisionero comulga en una misa en el campo de
Aranda de Duero (Burgos).
Fondos de la Biblioteca Nacional de España

La perpetuación del modelo de presos esclavos se llevó a cabo a través del Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, un organismo controlado por el Ministerio de Justicia y ajeno al sistema de campos de concentración. En sus unidades se integraron presos políticos y comunes que veían reducida su pena y percibían un salario hasta 30 veces inferior al de un obrero libre. El patronato gestionó desde 1938 hasta 1970 media docena de agrupaciones de colonias penitenciarias militarizadas y centenares de destacamentos penales, como los que trabajaron en la construcción de pantanos y de monumentos como el Valle de los Caídos.

Los prisioneros que lograron sobrevivir nunca obtuvieron una libertad total. Durante años tuvieron que presentarse periódicamente en el cuartel de la Guardia Civil y fueron sometidos a un régimen de vigilancia. Al salir de los campos se encontraron con que habían perdido sus trabajos, sus negocios y, en muchos casos, todos sus bienes. La depuración ideológica en el sector público y privado fue sistemática. Luis Ortiz lo sufrió en sus propias carnes: “Me liberaron en 1943. Mi mujer trabajaba en una fábrica de pilas y ganaba una miseria. Vivíamos en un piso de esos que hoy llaman pisos patera. Las empresas necesitaban gente, pero solo contrataban a quienes habían hecho méritos en el Ejército franquista. Antes de empezar a trabajar en una empresa era necesario presentar un impreso de aceptación sellado por el sindicato vertical. Ibas a la sede del sindicato, te miraban los antecedentes, decían que eras desafecto y no te lo sellaban”. Luis solo logró el sello después de sobornar a uno de los jefes del sindicato: “Le tuve que pagar bajo cuerda 5.000 pesetas. ¡5.000 pesetas del año 1943! Movilicé a medio Bilbao para que me prestaran dinero”.
Campo de concentración habilitado en el convento de San Marcos,
en León. Sala Capitular repleta de internos.
(Dibujo realizado por Cástor González, preso de San Marcos).
Cortesía de Cástor González Ovies

 Como buena parte de los hombres y mujeres que pasaron por los campos de concentración franquistas, Luis Ortiz afrontó su nueva vida en semilibertad desde el miedo y el silencio. Durante 34 años trabajó en la empresa Uralita, en la que se jubiló en 1977, el mismo año en el que votó en las primeras elecciones libres que se celebraban en España desde 1936. No fue hasta muchos años después de la muerte del dictador cuando decidió contar su historia. Este jueves 7 de marzo ha fallecido a los 102 años en un hospital de Bilbao. Días antes compartió su testimonio: “Durante mucho tiempo solo se conoció lo que el franquismo quiso contar sobre nosotros. Lo importante ahora es que se sepa la verdad. Yo estuve más de 40 años calladito, pero ahora estoy embalado. ¿Sabes aquel famoso personaje que quería morir con las botas puestas? Pues así quiero morir yo. Así moriré yo”. 
_________________________________________________________



El libro'Los campos de concentración de Franco' (Ediciones B), de Carlos Hernández de Miguel, sale a la venta esta semana.

Sensibilidad para tratar la salud mental de los migrantes

El drama y dureza del viaje, el duelo por perder a seres queridos o el choque de expectativas son algunas afecciones psicológicas que sufren los migrantes africanos que llegan a España por la Frontera Sur



Ángeles Lucas

Jerez de la Frontera

22 SEP 2018

enlace



Migrantes rescatados por Cruz Roja en la Frontera Sur. PABLO COBO
Negro tizón, corpulento y fibroso, con una elegante camisa azul y apuntes en la mano, sale de la prueba de nivel de español con una plácida sonrisa. “Me ha salido bien. Ha sido fácil”, dice satisfecho. Comenta breve y afable lo bien que está en Andalucía desde que desembarcó de la patera el pasado diciembre, y que está muy agradecido por la atención que recibe en la asociación que le atiende. Pero antes de salir por la puerta del centro que le orienta desencaja esa simétrica sonrisa y fija la mirada sobre la psicóloga de la entidad. “¿Has dormido bien?”, le pregunta ella. “No”, responde rotundo. Seguirán con las sesiones terapéuticas la próxima semana. “Tiene terrores nocturnos y pánico a la oscuridad. Fue torturado durante dos años en un centro de su país donde le internó su madre por ser homosexual. Lo metieron en un cubículo sin luz, tiene cicatrices en el cuerpo que no sabe de qué son... Y sufre más porque fuera su madre, la que lo tenía que proteger, quien lo metió ahí, que el terror de las palizas y la travesía hasta España desde África subsahariana”, dice la profesional sobre su caso, sobre el que se gestiona una demanda de asilo.
Ahmadou (nombre ficticio) es una de las personas que recibe asistencia psicológica de entre los que acceden a España por la Frontera Sur (Andalucía y Canarias), un servicio al que recurren tanto solicitantes de asilo como los demás considerados migrantes económicos. “De lo más común que nos encontramos en la asistencia psicológica es el choque de expectativas. Tienen una idea fuerza que es lo que les mantiene vivos durante el viaje, que Europa es el paraíso. Esta fantasía es el motor del terrible periplo”, dice Rodrigo Gómez, psicólogo y responsable de la asociación Accem en Cádiz, que apunta que parte del trabajo es gestionar el duelo del proceso migratorio y que los principales cuadros que encuentran son de ansiedad y shocks postraumáticos, señala el especialista, que destaca un alto nivel de resiliencia en las personas que atienden llegadas desde la Frontera Sur. “Tienen una capacidad de reponerse alucinante”, generaliza.



Un inmigrante es atendido por hipotermia en la Frontera Sur. P. C.
Solo el año pasado 22.419 personas accedieron a España por vía marítima, según el balance migratorio Frontera Sur 2017 de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, el triple que el año anterior. 249 de ellas murieron o desaparecieron. “En Accem Jerez hemos tratado a 18 personas en 2017. No son un número significativo entre los usuarios del servicio de salud mental si miras el total de los que llegan”, detalla Gómez, que precisa que entre las distintas entidades se organizan para atenderles. "Solemos encontrar ansiedad, nerviosismo, y el entorno policial no es tan amable. Tenemos que aclarar su situación legal, resolver dudas, ponerles en contacto con los familiares... Pero en líneas generales, no son muy propensos a hablar de sus sentimientos, por lo que la atención psicológica en estos casos requiere de una sensibilidad cultural muy bien formada", destaca Gómez.

La asistencia gratuita a la salud mental para migrantes que acceden por Frontera Sur se presta a través de la sanidad pública o de las organizaciones que han priorizado programas de asistencia psicológica. “Es un servicio que depende de las iniciativas de las asociaciones, las entidades bancarias o puntuales subvenciones, pero no hay coordinación, es un caos”, señala Francisco Collazos, psiquiatra y coautor de la investigación Salud Mental en la población migrante en España. "No hay sensibilidad para tratar la salud mental de los migrantes. Ni siquiera habría que invertir tantos recursos, solo optimizar los que ya existen, coordinar y formar, pero hay que introducir la mirada intercultural desde la universidad. En la facultad no se dedica ni una hora a este aspecto, pero considerar la cultura en los casos de salud mental es clave para hacer los diagnósticos, no es lo mismo que un problema de hígado, que tiene parámetros universales”, señala Collazos, en referencia a los casi cinco millones de extranjeros que residen en España, un 10% de la población.

Si algún migrante accediera por Frontera Sur con algún desorden mental relevante, los primeros en percatarse serían los profesionales que trabajan en primera línea de ayuda humanitaria. "En las intervenciones de emergencia apenas hay media hora y no hay posibilidad de que intervenga un psicólogo, solo reportamos si detectamos algún indicio de trata", explica Francisco Vicente, coordinador provincial de Cruz Roja en Almería. "Si la travesía en patera es más trágica, pueden venir en estado de shock. Aunque estos son casos puntuales. Les tranquiliza si les facilitamos teléfonos para llamar a sus familiares, y les acompañamos en el reconocimiento del cadáver, en la repatriación...", detalla Vicente, que resalta que las personas que llegan a las costas españolas, después de la travesía, suelen tener muy buen estado de salud física.

Por la asistencia psicológica de Jerez han pasado casos como el de un chico que quería ser futbolista y la hélice de la patera le destrozó pierna y ano, o el de un padre que tuvo que decidir entre salvar a su mujer o a su bebé de morir ahogados en el mar. Se quedó con el bebé. Son testimonios de los que pisan tierra española y han visto ya vidas tiradas por la borda de la patera, dejadas atrás sedientas en el desierto del Sáhara, abusadas y traficadas en Marruecos o Libia, agotadas y embarazadas tras 12 horas de camino o compañeros de viaje estafados durante años... Un dolor que se suma al sufrimiento propio, a la presión que supone que tu comunidad y tu familia invierta sus recursos en tu viaje, a la separación de tus hijos y padres, al hambre, el calor, la enfermedad en soledad, la extorsión... Tantas historias como personas con sus proyectos vitales.

El senegalés Mamadou Samba Boiro arrivó en patera a España en 2006 con 16 años. "Con la mayoría de edad me independicé y trabajé para a contribuir a la felicidad diaria de mi familia. Pero cuando saltó la crisis la vida se me volvió muy dura y ser persona negra no ayudaba, nos subestimaban", dice con el español aprendido durante ocho años. "Me quedé sin trabajo ni medios para sobrevivir. Y acabe perdiendo mis papeles por falta de contrato", añade ahora con 28 años desde Senegal, donde fue deportado. "Pagar una habitación para descansar y llorar mis penas me resultaba imposible, y la desesperanza y el estrés diario empezaron a desmotivarme. Eso me cambio a peor", cuenta ahora, al reconocer que cayó en adicciones. "Mi familia encima no se imaginaba mi situación y me pedían y exigían siempre dinero porque fui durante años su esperanza. Y no poder echarles una mano me quitaba las ganas de vivir. Olvidé incluso mis raíces y el motivo de mi viaje", relata ahora desde su país, donde ha montado una empresa con su hermano. "Sigo soñando pero ya no me veo muriendo en mares para ser comido por peces o atravesando desiertos para ser enterrado por bichos", relata el senegalés que tiene casi culminado un libro con su relato.

En el caso de Ahmadou, es probable que no pueda volver a su país nunca más. "Una vez que les dan el estatuto de refugiado, no pueden retornar y eso es difícil de gestionar emocionalmente”, declara Susana Domínguez, psicóloga del Programa de Protección Internacional de Accem en Cádiz, cofinanciado con ayuda de la Junta de Andalucía. Ahmadou cuenta entre balbuceos en español y gestos con las manos que en su país trabajaba en la bisutería, fabricaba anillos y pendientes de plata y oro, y no descarta poder seguir ejerciéndolo en España. “Cuando llegan tienen que construir una nueva identidad aquí. Pierden gran parte de su vida y en ella influyen mucho las condiciones en las que hayan salido, la situación familiar y laboral que tenían…", añade Domínguez.

En el caso de las mujeres, sobrevuela siempre la amenaza de que sean víctimas de trata. "Casi la mayoría de las que vienen embarazadas podrían serlo y eso requiere un trabajo más a largo plazo. Sufren estrés postraumático, ansiedad, miedo... tienen que pagar las deudas y abandonan los centros antes de lo que nos gustaría. En las casas de acogida se presta atención psicológica, pero en muchos casos se queda corta. Ahí pueden empoderarse, pero las mafias trabajan bien y las mujeres se van", resume Vicente desde Almería. Las redes se suelen instalar en los invernaderos y las mujeres son atendidas también por asociaciones y el sistema público de salud allí, ahora más fácilmente una vez derogada la ley de exclusión sanitaria del Gobierno anterior.

"Las mujeres víctimas de trata, los menores, las personas involucradas en matrimonios forzados, o los que emigran por su orientación sexual viven una situación de fuerte vulnerabilidad", detalla Laura Díaz, coordinadora de Cruz Roja del Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Madrid, que resalta también el desasosiego que sufren aquellos que ingresan en los CIE después de la dura travesía y el desarraigo por el abandono de su entorno y su familia. "Esperan durante años a cruzar y de repente se encuentran encerrados en un centro sin conocer el idioma y sufriendo un choque cultural. Hay que hacerles ver que entiendan sus derechos y sus deberes y que pueden solicitar protección internacional. En algún momento esto les genera desconfianza, se preguntan dónde están, quiénes son", resume Díaz. Añade que los ingresados también viven con la incertidumbre de saber si serán liberados o expulsados y que si detectan un caso especialmente grave lo reportan al médico del centro y de ahí se puede derivar a la sanidad pública.

"En los CIE se dan clases de castellano para que sean más autónomos y puedan verbalizar sus inquietudes. Pero también es muy importante que puedan expresar sus emociones en su lengua materna", resalta también Díaz, que coincide con el psicólogo Gómez y con el psiquiatra Collazos en que las cuestiones vinculadas con la salud mental deben analizarse desde una perspectiva intercultural. "No esperes que en África se hable igual, haya las mismas expresiones. Yo como psiquiatra puedo etiquetar algo como depresión, pero ese término es propio de lenguas occidentales. En la salud mental se habla de emociones y las formas de interpretarlas varían según el imaginario colectivo de los códigos de cada cultura. Cada historia es un mundo y requiere análisis individualizados. Estamos ante un reto para el sistema sanitario", concluye Collazos.

________________________________________

“La constante relación con el trauma ajeno crea una herida”

Belén Yago es psicoterapeuta especializada en trauma y desarraigo y en tratar a psicólogos del ámbito de la ayuda humanitaria. Cuenta que a uno de sus pacientes, cooperante, le entró un ataque de ansiedad cuando entró en la consulta y vio un cojín rojo tirado en el suelo. “Le recordó a una de las mantas que usa la Cruz Roja en los rescates”, indica la experta. “Para poder salvar a otros tenemos que estar sanos nosotros primero. No puedes tratar de ayudar a una persona si tú no estás fuerte, nuestro sistema no debe defenderse del paciente”, apunta la experta descalza, sobre la alfombra de su consulta de Sevilla, por donde han pasado desde exmilitares de Kosovo, hasta psicólogos que tratan a migrantes o refugiados.
“Ellos reciben permanentemente situaciones traumáticas y aunque siempre se ha dicho que el profesional tiene que separarse de los problemas del paciente, que tiene que haber una distancia emocional, de alguna manera inciden en ti. La constante relación con el trauma ajeno va creando una herida en tu organismo que nada tiene que ver con tus propias heridas, pero los profesionales tienen que liberar también su respuesta neurofisiológica, su trabajo genera impulsos reprimidos”, señala la experta, que comenta que de lo primero que le dicen sus pacientes es que ellos están bien. Pero después escucha de ellos que dicen: me pesa la vida, me ahogo, me falta el aire… “Esta sociedad nos exige demasiado. Es interesante cómo la vida civilizada nos enferma y nos convierte en superhéroes, nos deshumanizamos”, considera.
En una teoría válida tanto para migrantes como para los que los asisten psicológicamente, Yago centra parte de sus terapias en la búsqueda del temblor. “Con el temblor dialogas con tu sistema nervioso autónomo. Facilitas entrar en contacto con él y liberarlo”. La experta detalla que hasta hace unos años, frente a la respuesta ante una amenaza se planteaban dos salidas, la huida o la lucha, y en ambas, las sustancias químicas que genera el cuerpo ante esa situación se liberan. “Pero hay una tercera salida, que se podría llamar de congelación, que sería como quedarse quieto frente a un león para evitar salir corriendo y llamar su atención, o atacarlo y perder. En esta tercera opción, muy repetida en mis pacientes, esas sustancias no salen del cuerpo y generan un malestar permanente”, explica. “Por eso, temblar es positivo y se le debe de quitar la connotación social negativa que lo prohíbe y lo muestra como una debilidad”.

Datos y expertos desmienten que el pico migratorio se deba a un "efecto llamada" por las políticas de Pedro Sánchez

  • Los datos contradicen el discurso del "efecto llamada" lanzado por el PP, que liga políticas de Sánchez como la acogida del Aquarius, con el aumento de llegadas a las costas españolas
  • Desde 2016, cada año las llegadas por esta ruta se han ido al menos duplicando hasta alcanzar las cifras actuales
  • El cierre de las rutas de Italia y Grecia, así como una posible relajación de Marruecos en el control fronterizo podrían explicar el aumento, dicen los expertos

Gabriela Sánchez / Raúl Sánchez
28/07/2018
  
Cuando una ruta se cierra, otra se abre            

Evolución del porcentaje de llegadas mensuales a cada país por la ruta del Mediterráneo desde enero de 2015
 

 
Lo llaman el "fantasma del efecto llamada". El Partido Popular ha recuperado un discurso alarmista, empleado durante su gobierno para justificar sus duras políticas migratorias, con el objetivo de atacar las últimas medidas del Ejecutivo socialista, como la acogida del Aquarius o la promesa de retirar las concertinas de las vallas fronterizas. El aumento de llegadas a las costas españolas es, claman desde el PP, "responsabilidad del señor Sánchez". "Está diciendo a las mafias: llevadles a España que allí es muy fácil", ha sentenciado Javier Maroto, vicesecretario de Organización de la formación.
 
El diputado ‘popular’ Rafael Hernando lanzaba la misma idea a través de Twitter: "La aparición de ciudadanos de Bangladesh en las costas andaluzas es la evidencia de que el número de Sánchez con el Aquarius, y la demagogia del Gobierno con la inmigración ha cambiado las rutas de las mafias que trafican con seres humanos. Es la irresponsabilidad del Gobierno". Un enfoque similar se extiende también por determinadas portadas e informaciones publicadas durante los últimos días.
 
Los datos y los especialistas en migración contradicen la teoría del "efecto llamada". La supuesta relación entre el aumento de las llegadas de pateras a las costas y las últimas políticas del Gobierno de Pedro Sánchez no se sostiene con las cifras de llegadas registradas durante los últimos meses y años. El incremento de las personas que arriesgan su vida en el mar con la intención de llegar a España se lleva produciendo desde el año 2016, cuando el Partido Popular estaba al frente del Gobierno.
 
Desde entonces, año tras año, las cifras alcanzaban nuevos récords, siempre inferiores a los números registrados en 2006 a través de Canarias, durante la llamada "crisis de los cayucos".

Las llegadas a las costas españolas, en máximos desde 2006
           
Evolución del número de personas llegadas a las costas españolas (sin Ceuta y Melilla) en cada año
 

Aquel año, 8.162 personas alcanzaron las costas españolas, casi el doble de las llegadas registradas por la vía marítima en 2015, cuando alcanzaron el sur de España 3.300 migrantes. Comenzaba a despuntar de nuevo la ruta del Estrecho para alcanzar suelo europeo, aunque todavía se encontraba muy lejos de los principales caminos de entrada a Europa, Italia y Grecia. Coincidía con la caída en picado de las entradas a través del Egeo, tras la firma del acuerdo UE-Turquía, y con el refuerzo de cuchillas y malla ‘antitrepa’ en las vallas de Ceuta y Melilla. Las entradas a España se movían de la tierra, al mar.
 
El balance de 2017 concluyó con nuevos récords históricos. Con Mariano Rajoy al frente del Gobierno, las llegadas a través del mar aumentaron en un 63% con respecto al año anterior, según los datos de Acnur. De 8.162 entradas a España por esta vía en 2016, pasaron a 21.103 personas.
 
Por tierra se mantenían en niveles similares, en 2017, 6.246 migrantes alcanzaron España a través de las vallas de Ceuta y Melilla o cruzando los pasos fronterizos de forma clandestina. El año anterior lo habían hecho 5.932 personas.
 
A lo largo de 2018, la tendencia al alza se ha mantenido. En lo que va de año, 20.835, personas han alcanzado las costas españolas de forma irregular, según los datos de Acnur. El aumento de llegadas registrado durante este año, al que hacen referencia quienes toman el discurso del efecto llamada como propio, empezó en el mes de junio, el mismo mes en que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa. Sin embargo, los expertos recuerdan que el tiempo que suelen dedicar los migrantes a realizar la ruta por África, imposibilita que las razones de este aumento tengan que ver con el cambio de Gobierno o las políticas que Pedro Sánchez comenzase a anunciar en sus primeros días como presidente.
 
Evolución mes a mes de la llegada de personas a España
           
Número de llegadas mensuales por mar y tierra (Ceuta y Melilla) a España desde enero de 2014
 


Los migrantes no recorren la ruta tan rápido

 "Los migrantes y refugiados cuando hacen la travesía no tardan dos días. Hablar de un ‘efecto llamada’ con tan poco margen, no tiene sentido. En el caso de que alguien se hubiese enterado de la acogida del Aquarius, tardarían en llegar al menos unas cuantas semanas o meses. Pero el pico en las llegadas empezó justo durante aquel fin de semana", explica Sergio Maydeu-Olivares, consultor y analista sobre desarrollo y conflictos armados.
 
Además, enfatiza, las cifras registradas durante este año demuestran la desvinculación de uno y otro hecho: "Hay que ver los datos. Cuando el Gobierno aceptó recibir el Aquarius, los datos ya decían que se estaba produciendo un aumento de las llegadas de migrantes y refugiados desde las costas de Marruecos. Eso es un hecho claro que no hay una correlación directa con las políticas y las entradas", apunta el analista internacional.
 
Fuentes de Interior niegan a eldiario.es que se esté produciendo ese "efecto llamada", recordando la tendencia migratoria al alza registrada en los últimos años. "Las llegadas empezaron a ascender en 2013. A partir de 2016 lo han hecho de una forma más notable. Este mismo año se ha experimentado un fuerte incremento antes del cambio de Gobierno", detallan desde el Ministerio. Según sostienen, el pico experimentado en los últimos meses se debe a "diferentes factores de gran complejidad", entre los que destacan el buen tiempo propio del verano, la disminución de las llegadas a través de las rutas de Grecia e Italia tras la formalización de acuerdos europeos, entre otros.
 
Sin embargo, las mismas fuentes también indican que "las redes de tráfico de personas pueden tergiversar determinados mensajes o lanzar informaciones falsas sobre el nuevo gobierno con el objetivo de lucrarse de la desesperación de los migrantes". Por esta razón, defienden que es necesario "cuidar el discurso lanzado desde las instituciones sobre asuntos migratorios".
El cierre de las otras dos grandes rutas a Europa
 
En los círculos especializados en migraciones se venía esperando desde hace años un aumento considerable del flujo migratorio a través de España. Tras el acuerdo UE-Turquía, que selló la ruta del Egeo experimentando un descenso radical de las llegadas, los focos se dividían en dos caminos: Libia-Italia y Marruecos-España.
 
A medida que la Unión Europea e Italia alcanzaban un acuerdo con Libia y aumentaban su cooperación con la supuesta guardia costera libia, las cifras de personas embarcadas en el Mediterráneo Central descendían. Si en 2017, 119.369 personas habían alcanzado las costas italianas a través de esta ruta, la más mortífera de todas, este año lo han hecho 18.243 migrantes.
 
Los países de la UE piden precisiones para decidir si acogerán los centros de inmigrantes EFE
Mientras las entradas a Italia comenzaban a caer (el descenso se inició en 2017, año en el que se fraguó el acuerdo entre el país europeo y Libia), la ruta Marruecos-España se iba aproximando al Mediterráneo Central como primera puerta de entrada a Europa. La historia de las migraciones lo dice: si un camino se cierra, otro se abrirá.
 
"Si solo hay tres entradas y se cierran dos, solo te queda una. Si se acaba Libia y Turquía, la única que está abierta es España. Es lógico el aumento", considera el experto Maydeu-Olivares. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) realiza el mismo análisis. "España se ha convertido, desde el pasado mes de junio, en la principal ruta de personas migrantes y refugiadas por mar a Europa. Sin embargo, esto se debe en gran medida a que el número de entradas en Italia y Grecia ha descendido notablemente", han recordado a través de un comunicado.
"Las políticas europeas les empuja a nuevas rutas"
 
"Desde Europa se están poniendo cada vez más obstáculos para la llegada de las personas migrantes y refugiadas mediante la firma de acuerdos con países como Turquía o Libia, basados en la externalización de fronteras, países donde no se respetan los derechos humanos y está obligando a las personas que huyen a buscar nuevas vías de acceso a Europa", han explicado desde CEAR, organización que también hacen referencia a las últimas trabas impuestas por Italia y Malta al desembarco de migrantes rescatados en alta mar.
 
"La política de cierre de puertos, que incumplen así sus obligaciones de auxilio en el mar, y los continuos obstáculos a los barcos de rescate en el Mediterráneo central está provocando que las personas busquen rutas alternativas para poner a salvo sus vidas", han alertado desde la ONG especializada en asilo.
 
La falta de vías legales de entrada a la Unión Europea es otra de las razones destacadas por las organizaciones en defensa de los derechos humanos. La inexistencia de canales seguros para quienes huyen de la miseria y la persecución les empuja a dejarse en manos de traficantes de personas y arriesgar su vida en el intento, denuncian.
 
El papel de Marruecos
 
Otro aspecto clave citado por los especialistas al explicar el aumento del flujo migratorio a través de España es el papel de Marruecos. Mientras los gobiernos de los otros dos países de tránsito claves en las rutas empleadas por los migrantes para llegar a la Europa, Turquía y Libia, están aumentando el control en sus costas a cambio de financiación europea, el Reino alauí parece haberse "relajado" en esta tarea, coincidiendo con un aumento de la inestabilidad en el país.
 
"Las revueltas en el Rif así como el uso de las migraciones como elemento de presión en las negociaciones entre Marruecos con España y la UE podrían estar favoreciendo una relajación en las medidas de control migratorio marroquí", señalan desde la CEAR.
 
"Todas las protestas sociales en el Rif pueden haber forzado al Gobierno marroquí a hacer un cambio en cuestiones de seguridad. Ahora la gestión de sus fronteras con España no es uno de sus principales problemas, teniendo en cuenta sus problemas internos y el aumento de la tensión con Argelia", analiza el experto en desarrollo y conflictos internacionales.
 
Desde el Ejecutivo español ya se está presionando a los líderes europeos para conseguir una mayor cooperación con Marruecos para que aumente el control de sus costas, lo que suele llevar de la mano una dotación de financiación por parte de la Unión Europea.