Proyectos de Investigación Santander-Universidad Complutense de Madrid (PR26/16-20330, PR75/18-21661 y PR87/19-22576) sobre los recuerdos traumáticos y otros trastornos relacionados en víctimas y refugiados a causa de guerras y conflictos armados.
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Pregnant mother and baby die in Mariupol bombing
The Associated Press has learned that a pregnant woman and her baby died after Russia bombed the maternity ward where she was meant to give birth last week. AP journalists, reporting from inside the city of Mariupol, saw the attack first-hand. (March 14, 2022)
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En un intento desesperado por alcanzar Europa y agazapados ante una pista de aterrizaje en Camerún, un niño de seis años y su hermana mayor esperan para colarse en las bodegas de un avión. No demasiado lejos, un activista medioambiental contempla la terrible imagen de un elefante, muerto y sin colmillos. No solo tiene que luchar contra la caza furtiva, sino que también tendrá que reencontrarse con los problemas de su hija recién llegada de España. Miles de kilómetros al norte, en Melilla, un grupo de guardias civiles se prepara para enfrentarse a un gran número de subsaharianos que ha iniciado el asalto a la valla. Tres historias unidas por un tema central, en las que ninguno de sus protagonistas sabe que sus destinos están condenados a cruzarse y que sus vidas ya no volverán a ser las mismas.
Año: 2020 País: España Dirección: Salvador Calvo Guion: Alejandro Hernández Reparto: Luis Tosar, Anna Castillo, Álvaro Cervantes, Miquel Fernández, Zayiddiya Dissou, Moustapha Oumarou, Adam Nourou, Jesús Carroza, Ana Wagener, Nora Navas, Marta Calvó, Josean Bengoetxea, Jose María Chumo, Candela Cruz, Rubén Miralles, Emilio Buale
Refugiadas en la isla-cárcel de Lesbos
"Aquí he sufrido niveles de violencia superiores a los de Afganistán"
MITILENE (LESBOS)
JAIRO VARGAS @JairoExtre
ACTUALIZADO: 06/10/2020
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Siete jóvenes afganas abren las puertas de su casa en Mitilene para relatar de primera mano cómo era vivir en el calcinado campo de Moria, las consecuencias de una tortura sistémica tras llegar a Europa y la falta de horizontes y expectativas tras más de un año atrapadas en la isla griega. "No sé si tiene sentido contarlo una y otra vez. Vemos que no cambia nada", dicen.
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| Atefe, Farizeh, Habibe y Parisa, cuatro solicitantes de asilo afganas que viven en un piso gracias a un colectivo de mujeres Wish, en la isla griega de Lesbos. |
La puerta del segundo piso se abre y un rostro fugaz da la bienvenida en inglés mientras se apresura hacia la cocina para remover lo que, unas horas de intensa conversación después, será una salsa de tomate y berenjena fundidos en una larga y lenta cocción. La receta es afgana, como las siete chicas que recorren los pasillos del espacioso apartamento en el que viven desde marzo, en un barrio de Mitilene, en la isla griega de Lesbos. Aquí se ubicaba, hasta su incendio, el mayor campo de refugiados de Europa, el de Moria, donde ellas han soportado durante meses —algunas hasta dos años— condiciones de vida que pueden calificarse sin ambages de tortura. Es la bienvenida que da Grecia —que da Europa— a quienes huyen de la guerra, la persecución o el hambre.
El sol suave de la tarde se mete hasta la última esquina del salón y acaricia las sillas y los butacones dispuestos en corro sobre una alfombra que cubre media habitación. Todo está reluciente, incluso los pies que van y vienen descalzos por la casa. Sobre una mesita auxiliar, vasos de cristal y una jarra de agua que no dejará de llenarse y vaciarse. Las siete chicas, que no superan los 24 años, esperan una larga charla; la visita de periodistas a los que explicarán (una vez más), sin esperanzas de cambio, lo que significa ser solicitante de asilo en Moria y lo que significa esta isla-cárcel en la que sobreviven, aislados de los 86.000 residentes locales, más de 10.000 refugiados que, hasta el fuego, habitaban el inhumano campo del que ellas han podido salir gracias al colectivo Women in Solidarity House (WISH).
No es una ONG, explica Inés, una activista española que coordina el quehacer de este colectivo de mujeres. Trabajan sobre el terreno para intentar que algunas de ellas adquieran independencia, tejan redes de apoyo y localicen necesidades concretas para las personas refugiadas, pero formando parte del colectivo, con voz y voto.
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| Una sola comida al día en la nueva prisión para refugiados de Lesbos. JAIRO VARGAS |
Gracias a este proyecto, las refugiadas han podido dejar atrás lo urgente —las colas interminables, el hacinamiento, el hambre, las temperaturas extremas, las enfermedades, la violencia y el miedo, la suciedad y la costra inherentes a los campos de concentración— para reflexionar colectivamente sobre lo importante: sobre los derechos negados, la dignidad que les arrebata Europa, la juventud truncada que se escurre lenta y tediosa, irremediable, entre los barrotes de mar de esta isla que no consiguen dejar atrás. Cuando lo hagan, si lo logran, Lesbos ya habrá quedado para siempre grabado a fuego en sus cuerpos y, sobre todo, en su ánimo.
Ahora pueden contarlo liberadas de esa pátina de víctima desarrapada que imprime un campamento sucio y superpoblado, libres de ese barniz que los medios dejamos a menudo que enmascare a las personas, sus historias y sus relatos. "Puede que aquí nos veáis felices, riendo juntas en una casa bonita y limpia. Pero no hay que engañarse", dice Zahra, que prefiere mantener su identidad y su cara ocultas. Lleva 14 meses en Lesbos y pasó casi un año en Moria. Ahora se expresa en un perfecto inglés y hace de traductora de farsi para que sus compañeras también puedan contarlo. "Aquí vivimos con miedo, escondidas. No podemos salir a pasear, a tomar un café o a hacer deporte como cualquier persona. Tenemos miedo de que nos pare la policía y nos obligue a ir al campo nuevo. Salimos para lo justo, para comprar y poco más", resume.
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| Dos de las chicas afganas revisan su documentación de asilo.- JAIRO VARGAS |
Antes de que las llamas arrasaran Moria, estas siete jóvenes se encargaban de reunirse dentro con más mujeres para intentar paliar situaciones de emergencia con apoyo de las activistas de WISH. Pero ahora, en el nuevo campo, tienen por el momento las manos atadas. Por suerte, dicen, ellas han logrado evitar este destino, aunque no así algunos familiares y conocidos, empujados al nuevo campo por la fuerza de la policía o por la amenaza de una solicitud de asilo denegada que lanzó inicialmente el Gobierno heleno.
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| Manual para crear un polvorín: Moria ya ardía antes del incendio MARGARITA ELÍAS |
Z. N., que también prefiere no identificarse, habla además de otro peligro, el odio. "Ha ido aumentando, después de tanto tiempo. Hay grupos de extrema derecha y vecinos de la isla que no nos quieren aquí. Vivimos con miedo constante a sus ataques, ha habido muchos, y también sospechamos que tienen que ver algo en el incendio. La policía no hace nada contra ellos", sostiene. Y va más lejos. "Puede que el incendio de Moria lo iniciaran refugiados, pero yo estaba allí esa noche con mi familia. Ha habido muchos fuegos en el campo, pero ninguno como ese. Ardió por varios sitios a la vez y los bomberos y la policía no hicieron prácticamente nada. Dejaron que se quemase todo", afirma.
Del infierno, al limbo
"Fueran refugiados o fascistas, el campo ardió porque la situación ahí era muy difícil y se volvió peor" con las medidas impuestas para evitar contagios de Covid-19 y el cierre total tras los primeros casos dentro, dice Parisa, de 20 años y 14 meses en Lesbos. Ella cree que el fuego fue un símbolo. "La gente se sacrificó a sí misma poniendo en riesgo su vida porque pensaba que habría una liberación, que los que vinieran después ya no tendrían que pasar por el infierno de Moria", esgrime.
"Pero el proceso ha sido del infierno, al limbo", apostilla Z. N., porque no se sabe cómo será el nuevo campo que lleva ya varias semanas funcionando. Cuando se realizaron estas entrevistas, nadie podía salir de él, era una cárcel que, con el paso de los días, ha ido ensanchando sus rejas, aunque con pocas diferencias al anterior salvo por las grandes carpas de las Naciones Unidas a compartir por decenas de personas "donde la gente tiene miedo de ir al baño porque los demás le pueden robar lo poco que tienen", describe Z. N. Imposible no recordar las escenas que Primo Levy dejó escritas en Si esto es un hombre tras su paso por Auschwitz. Mientras, los procesos de asilo siguen detenidos, más si cabe ahora, mientras la UE debate una política migratoria común de acogida a la carta y expulsiones "voluntarias" masivas que Grecia lleva meses ensayando. Apenas hay ahora traslados al continente griego, aunque el virus también ha puesto freno a las llegadas de más personas desde la costa turca."En Moria no mantenían viva. Te daban agua y algo de comida para que no te murieras"
"En febrero, en Moria no podías ir al médico, no podías ir a comprar, no podías ni siquiera retirar el dinero que te da el Ministerio (90 euros al mes, ahora 75). Parecía que, simplemente, te estaban manteniendo viva. Te daban agua y algo de comida para que no te murieras", describe la joven. 12.000 personas desesperadas en un espacio para poco más de 3.000. Así desde 2015. Europa.
"Fueran refugiados o fascistas, el campo ardió porque la situación ahí era muy difícil y se volvió peor" con las medidas impuestas para evitar contagios de Covid-19 y el cierre total tras los primeros casos dentro, dice Parisa, de 20 años y 14 meses en Lesbos. Ella cree que el fuego fue un símbolo. "La gente se sacrificó a sí misma poniendo en riesgo su vida porque pensaba que habría una liberación, que los que vinieran después ya no tendrían que pasar por el infierno de Moria", esgrime.
"Pero el proceso ha sido del infierno, al limbo", apostilla Z. N., porque no se sabe cómo será el nuevo campo que lleva ya varias semanas funcionando. Cuando se realizaron estas entrevistas, nadie podía salir de él, era una cárcel que, con el paso de los días, ha ido ensanchando sus rejas, aunque con pocas diferencias al anterior salvo por las grandes carpas de las Naciones Unidas a compartir por decenas de personas "donde la gente tiene miedo de ir al baño porque los demás le pueden robar lo poco que tienen", describe Z. N. Imposible no recordar las escenas que Primo Levy dejó escritas en Si esto es un hombre tras su paso por Auschwitz. Mientras, los procesos de asilo siguen detenidos, más si cabe ahora, mientras la UE debate una política migratoria común de acogida a la carta y expulsiones "voluntarias" masivas que Grecia lleva meses ensayando. Apenas hay ahora traslados al continente griego, aunque el virus también ha puesto freno a las llegadas de más personas desde la costa turca."En Moria no mantenían viva. Te daban agua y algo de comida para que no te murieras"
"En febrero, en Moria no podías ir al médico, no podías ir a comprar, no podías ni siquiera retirar el dinero que te da el Ministerio (90 euros al mes, ahora 75). Parecía que, simplemente, te estaban manteniendo viva. Te daban agua y algo de comida para que no te murieras", describe la joven. 12.000 personas desesperadas en un espacio para poco más de 3.000. Así desde 2015. Europa.
Familias rotas, autolesiones, prostitución infantil
Las medidas de prevención de la covid-19, "totalmente injustas", solo se aplicaban en el campo, no en la isla, matiza Mario López, psicólogo y coordinador del equipo de salud mental de Médicos Sin Fronteras, que atendía a la población de Moria hasta el incendio. Según él, la presión en el campo aumentó y se notó mucho en sus clínicas. "De febrero a marzo teníamos una media de 25 referencias a nuestros servicios de salud mental al mes. En junio [cuando comienzan las restricciones de movilidad] empiezan a aumentar y llegamos a agosto con 85 al mes. Padres desbordados, desquiciados, que no pueden, no saben cómo gestionar la situación con sus hijos dentro del campo, la incertidumbre", describe.
Las medidas de prevención de la covid-19, "totalmente injustas", solo se aplicaban en el campo, no en la isla, matiza Mario López, psicólogo y coordinador del equipo de salud mental de Médicos Sin Fronteras, que atendía a la población de Moria hasta el incendio. Según él, la presión en el campo aumentó y se notó mucho en sus clínicas. "De febrero a marzo teníamos una media de 25 referencias a nuestros servicios de salud mental al mes. En junio [cuando comienzan las restricciones de movilidad] empiezan a aumentar y llegamos a agosto con 85 al mes. Padres desbordados, desquiciados, que no pueden, no saben cómo gestionar la situación con sus hijos dentro del campo, la incertidumbre", describe.
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| Saleha, otra de las refugiadas de la casa de Mitilene, en Lesbos, prefiere no mostrar su rostro.- JAIRO VARGAS |
Ataques de pánico, niños con comportamientos autolesivos, trastornos de conversión que se manifiestan con parálisis, cegueras parciales, movimientos incontrolados de extremidades "y mucha agresividad", apostilla. También aumentaron las referencias por violencia sexual. "A principios de julio hubo los mismos casos en una semana que en todo el mes anterior. Era una situación insostenible", sentencia López.
"Como mujer refugiada, lo más difícil ha sido entender qué es Europa realmente. Para mí era un lugar que me iba a permitir ser una mujer libre, donde había derechos paras las mujeres, en comparación con mi país, pero he visto situaciones y he vivido cosas que nunca habría tenido que vivir en Afganistán. Salí huyendo de la violencia y he encontrado niveles de violencia superiores". Atefe solo tiene 17 años, pero ha madurado a la fuerza tras dos años atrapada en esta isla. Es menor, pero eso parece importar poco."Es muy duro ver a mujeres y a chicos jóvenes vender su cuerpo por 20 euros"
"Hay muchísima violencia aquí", insiste Zahra, que también pasó varios años con su familia refugiada en Irán, cuando huyeron de la interminable guerra afgana. "Tengo 23 años, he visto muchas cosas y, perdón por lo que voy a decir, pero aquí es mucho peor que en mi país", confiesa. "No puedo tener residencia, no puedo trabajar, ni siquiera sé qué va a pasar conmigo mañana. Me siento muy débil y vacía, agotada. No hay nadie que se preocupe por nosotros y los gobiernos europeos solo dicen que lo sienten, pero no cambian nada", lamenta. Aunque hablan menos, en frente de ella asienten Farizeh, de 18 años, el último de ellos en Moria; y Habibeh, de 24 y dos de ellos atrapada en Lesbos.
"Es muy duro ver a mujeres y a chicos jóvenes vender su cuerpo por 15 o 20 euros. Son gente que decidió venir aquí para estar a salvo. Pero no lo están, se están prostituyendo porque no encuentran otra forma de sobrevivir", continúa Zahra. Parisa, tras un largo silencio y un llanto contenido solo inicialmente, incide sobre la idea. "Había padres y madres en Moria que, como no tenían ningún tipo de ingreso, prostituían a las criaturas para poder comer. A niños. Ver eso me ha roto el corazón". "Imagina a una madre que tiene que irse a Atenas dejando a su hijo pendiente de ser expulsado a Turquía"
Todas hablan de las familias separadas por la burocracia y la huella física o psicológica que deja eso. Varias de ellas llegaron con sus padres, madres, hermanos y hermanas, pero los procesos de asilo son individuales cuando los hijos son mayores de edad. "Mi madre y mis hermanas menores ya obtuvieron la protección internacional y los enviaron a Atenas, pero yo aún estoy esperando mi entrevista con la Oficina de Asilo. Te quitan tu apoyo más importante, a la familia", describe Z. N. Aunque aún es peor en el caso de los varones. "Se les deniega el asilo sistemáticamente y, a la segunda denegación, se les expulsa a Turquía. Imagina a una madre que tiene que irse a Atenas dejando aquí a su hijo pendiente de ser expulsado a Turquía. La brutalidad de tomar esa decisión es terrible, es una tortura para ellas", añade.
También hay parejas separadas porque no tienen pruebas documentales de su matrimonio, personas con problemas de salud mental, adquiridos tras meses de vida precaria, a las que se les arranca de sus familias, mujeres maltratadas que no logran separar sus solicitudes de asilo de las de su maltratador, falta de abogados que guíen y orienten en estos procesos, que recurran las denegaciones en tiempo y forma.
"Son pruebas de que el sistema de asilo no funciona bien, de que las leyes no son adecuadas. Y todo eso genera una presión muy difícil de soportar, sobre todo para las mujeres, que deriva en problemas de ansiedad y depresión. Nuestra cultura es así, ellos son los guardianes y la casa es una prisión para nosotras. Somos las que tenemos que cuidar, los hombres dan las órdenes y la mujer debe encargarse de cuidar. Es igual en este campamento de mierda, las mujeres cargan con todo el peso multiplicado", critica Zahra.
Riesgo de suicidios
Por eso, dice Parisa, son tan comunes las autolesiones. Lo cuenta con la voz entrecortada mientras muestra en su móvil la imagen de un antebrazo lleno de cortes. "Es una que ha recibido una segunda denegación de su petición de asilo. La situación aquí es de tanto estrés, presión y violencia que la automutilación es la única manera de despejar la mente", explica.
Aunque parezca una locura, López, el psicólogo de MSF, considera que estos comportamientos son sanos, aunque hay que entenderlos dentro de la brutal lógica de Moria. "Es sano que el cuerpo se rebele ante esa situación. Aquí lo que está enfermo no es la persona, sino el entorno. Moria era inhumano", apuntala. "Hacerse daño es una llamada de atención. Lo peor son las ideaciones suicidas. En los cuatro meses que llevo aquí he visto cuatro intentos de suicidio. Dos con trágico final. Todos eran adolescentes. Es una cifra importante y son solo los casos que yo conozco, en una población de unos pocos miles", advierte.
Por eso, dice Parisa, son tan comunes las autolesiones. Lo cuenta con la voz entrecortada mientras muestra en su móvil la imagen de un antebrazo lleno de cortes. "Es una que ha recibido una segunda denegación de su petición de asilo. La situación aquí es de tanto estrés, presión y violencia que la automutilación es la única manera de despejar la mente", explica.
Aunque parezca una locura, López, el psicólogo de MSF, considera que estos comportamientos son sanos, aunque hay que entenderlos dentro de la brutal lógica de Moria. "Es sano que el cuerpo se rebele ante esa situación. Aquí lo que está enfermo no es la persona, sino el entorno. Moria era inhumano", apuntala. "Hacerse daño es una llamada de atención. Lo peor son las ideaciones suicidas. En los cuatro meses que llevo aquí he visto cuatro intentos de suicidio. Dos con trágico final. Todos eran adolescentes. Es una cifra importante y son solo los casos que yo conozco, en una población de unos pocos miles", advierte.
El asilo, un "regalo vacío"
El proceso es largo y lento, incierto, duro y desesperante, describen las siete afganas, pero el resultado, cuando es positivo, cuando Grecia decide otorgar algún tipo de protección internacional, no es la panacea. Atefe es la única de la casa que tiene permiso de residencia gracias a la concesión del asilo. Tras meses en Atenas, a donde fue derivada, decidió volver a Mitilene, donde al menos tenía algunos apoyos.
"Después de tanto tiempo esperando te lo dan como un regalo, pero está vacío. Te dicen toma, ya te puedes ir, organízate. La realidad es que al mes siguiente dejas de recibir la pequeña asignación mensual, no tienes ningún tipo de acompañamiento, no conoces el idioma porque nadie te ha permitido dar clases y acabas sin ningún lugar en el que vivir", describe esta joven."Si no tienes una casa nadie te da trabajo y, sin trabajo, nadie quiere alquilarte una casa"
Atefe tiene su tarjeta de registro, su número de la Seguridad Social y su identificador fiscal, pero no ha sido capaz de encontrar un empleo, ni en Atenas ni en Mitilene. Eso significa que tampoco ha podido encontrar una casa que alquilar e independizarse. "Siempre preguntan lo mismo. Si no tienes una casa nadie te da trabajo y, sin trabajo, nadie quiere alquilarte una casa, aunque yo tenga dinero para pagar", expone desesperada.
A esto hay añadir la dificultad de que alguien, en Lesbos o en el continente, esté dispuesto a alquilar una casa a refugiados. "Nadie quiere. Ya no es tanto el racismo individual, sino la presión social", afirma Inés, la activista española. "Incluso los europeos tenemos dificultades por estar vinculados a organizaciones de apoyo a estas personas. Hasta en 18 ocasiones me dijeron que ya habían alquilado los pisos que había ido a ver, pero si llamaba otra persona, seguían libres", describe. "Resulta más fácil alquilar la casa a un griego para no tener a los vecinos quejándose por ver a refugiados en el edificio", sostiene.
"Podría explicar una y otra vez todo lo que ha pasado aquí, todo lo que significa ser refugiada, pero llega un momento en que sientes que es inútil. No cambia nada", concluye Parisa.
El proceso es largo y lento, incierto, duro y desesperante, describen las siete afganas, pero el resultado, cuando es positivo, cuando Grecia decide otorgar algún tipo de protección internacional, no es la panacea. Atefe es la única de la casa que tiene permiso de residencia gracias a la concesión del asilo. Tras meses en Atenas, a donde fue derivada, decidió volver a Mitilene, donde al menos tenía algunos apoyos.
"Después de tanto tiempo esperando te lo dan como un regalo, pero está vacío. Te dicen toma, ya te puedes ir, organízate. La realidad es que al mes siguiente dejas de recibir la pequeña asignación mensual, no tienes ningún tipo de acompañamiento, no conoces el idioma porque nadie te ha permitido dar clases y acabas sin ningún lugar en el que vivir", describe esta joven."Si no tienes una casa nadie te da trabajo y, sin trabajo, nadie quiere alquilarte una casa"
Atefe tiene su tarjeta de registro, su número de la Seguridad Social y su identificador fiscal, pero no ha sido capaz de encontrar un empleo, ni en Atenas ni en Mitilene. Eso significa que tampoco ha podido encontrar una casa que alquilar e independizarse. "Siempre preguntan lo mismo. Si no tienes una casa nadie te da trabajo y, sin trabajo, nadie quiere alquilarte una casa, aunque yo tenga dinero para pagar", expone desesperada.
A esto hay añadir la dificultad de que alguien, en Lesbos o en el continente, esté dispuesto a alquilar una casa a refugiados. "Nadie quiere. Ya no es tanto el racismo individual, sino la presión social", afirma Inés, la activista española. "Incluso los europeos tenemos dificultades por estar vinculados a organizaciones de apoyo a estas personas. Hasta en 18 ocasiones me dijeron que ya habían alquilado los pisos que había ido a ver, pero si llamaba otra persona, seguían libres", describe. "Resulta más fácil alquilar la casa a un griego para no tener a los vecinos quejándose por ver a refugiados en el edificio", sostiene.
"Podría explicar una y otra vez todo lo que ha pasado aquí, todo lo que significa ser refugiada, pero llega un momento en que sientes que es inútil. No cambia nada", concluye Parisa.
El infierno de camino al paraíso: cinco años cruzando fronteras para llegar a España
Ousman Umar sobrevivió al Sáhara, a las mafias, a Libia y al cruce del Estrecho en patera por cumplir su sueño de llegar al paraíso europeo y recibir educación. Hoy, con dos carreras, es el fundador de Nasco Feeding Minds, una ONG con la que quiere ofrecer educación a los niños y niñas de Ghana para que no tengan que vivir en las fronteras lo que le tocó vivir a él
Migrantes de otro mundo
Recorrer de forma clandestina más de 10.000 kilómetros por tierra, mar y aire
El proyecto de investigación 'Migrantes de otro mundo', en el que participan 18 medios de 14 países, profundiza en la migración africana y asiática con destino a Estados Unidos o Canadá

María Teresa Ronderos
28/05/2020
Conocí a Kamal la mañana del 16 de enero de este año en Necoclí, un pueblo de unos setenta mil habitantes, mar verde y arisco y pescadores pobres, al borde del Golfo de Urabá, en la esquina noroccidental de Colombia. Kamal venía huyendo de Daca, Bangladesh, después de que extremistas religiosos quemaran su tienda de té. En este país, los musulmanes sunitas son mayoría y, como el resto de la región, se ha visto afectado por los estragos del terrorismo global y de la guerra en su contra y por la demagogia sectaria de líderes de oriente y occidente, que termina en la práctica en ataques delincuentes contra casas, negocios y templos de minorías hindúes, budistas y cristianas.
Cada año, medio millón de bangladesíes se ven obligados a abandonar su país. A los exiliados por la violencia, como Kamal, se les suman los desplazados porque el cambio climático afecta especialmente a este país bajo y superpoblado: inundaciones y deslaves cada vez más frecuentes les deslíen la tierra bajo sus pies.
Como la mayoría de migrantes, muchos de ellos se refugian en los países vecinos, buscando rehacer sus vidas sin abandonar del todo sus regiones. No pocos, sin embargo, deciden irse a América. En Brasil, entre enero de 2017 y marzo de 2019, 1.608 bangladesíes presentaron sus solicitudes de refugio en Brasil.
Kamal también voló a Sao Paulo, pero no se quedó y conectó a Bolivia, para luego seguir por tierra al norte. En ese rumbo iba cuando conversamos con él en Necoclí. A lo largo de 2019, los bangladesíes estaban entre los africanos y asiáticos que más tomaron esta ruta a Estados Unidos o Canadá. Dejaron registro en Colombia, 703 nacionales de ese país y en México, fueron presentados ante autoridad migratoria 1.561.
Las fuerzas de la globalización que hoy nos trazan a todos la vida —economías transnacionales, milicias multinacionales, bombardeos ordenados a distancia, cambio climático, Internet— han abierto los grifos de la migración en todo el planeta. Hoy hay 50 millones de migrantes más que hace diez años y el porcentaje de gente que ha tenido que abandonar su lugar de origen ha ido en aumento.
El proyecto de investigación transfronteriza 'Migrantes de otro mundo', en el que han participado 18 medios periodísticos* en 14 países, descubre un capítulo intenso y poco conocido de la migración en nuestro mundo actual. La hemos llamado Migrantes de otro mundo porque cuenta las historias de viajeros que se embarcan o que vuelan entre diez y quince mil kilómetros al otro lado del mundo, y que una vez en Suramérica o en el Caribe atraviesan el continente en buses expresos o aviones, en lanchas rápidas o canoas apaleadas, en taxis clandestinos o carros particulares por atajos subrepticios y azarosos, siempre hacia el norte, a Estados Unidos o Canadá, como golondrinas aturdidas, atravesando a menudo tramos enteros sin más medios que las piernas, las alas de la esperanza.
Son migrantes de otro mundo porque en el momento en que pisan el continente, su bengalí, lingala o hausa, fula, hindi o nepalés, árabe, urdu o cingalés pierden todo su valor, y ni siquiera francés, portugués o inglés les sirven de mayor cosa en los pueblos más profundos, donde nadie les entiende.
Son de otro mundo porque su valentía y determinación son formidables. Resueltos a hacerse una vida nueva y –a menudo— a abrirle una oportunidad a quienes dejan atrás, no se arredran ni ante la explotación de los estafadores del camino, ni la hostilidad de los puestos migratorios, ni los corruptos, ni los asaltos y violaciones, ni el hambre, el miedo y las amenazas, ni la cárcel, ni la muerte.
"La muerte también es una opción de libertad", dice con frecuencia el colega Juan Arturo Gómez, integrante de este equipo periodístico que vive en la región del Golfo de Urabá, muy cerca a la frontera con Panamá. Le escuchó la frase a un inmigrante y se le quedó grabada.
¿Por qué una travesía tan larga?
Muchas razones los hacen tomar esta ruta, que parece absurdamente larga. Una que los africanos citan a menudo es que el camino a Europa por Libia, donde torturan y esclavizan a viajeros, les da terror. Otra es que cada vez hay menos cupos para refugiados en Estados Unidos, que hacían posible esperar pacientemente en casa hasta obtener permiso de volar directo, sin penurias.
En efecto, el gobierno Trump ha cerrado las cuotas para refugiados (reduciendo las 110 mil planeadas por la administración Obama para 2017 a 18 mil para este año, ahora reducidas a cero con el Coronavirus). No ha dejado más salida que intentar esta tortuosa y prolongada vía que puede tomarles meses, entrar ilegalmente y rogar para que una vez adentro les concedan el asilo. Eso hicieron 1.327 personas provenientes de la India que consiguieron asilo en Estados Unidos en 2018, el último año del que el gobierno da cifras.
Además, con la comunicación global e instantánea, ningún rincón parece tan distante, ni un viaje largo parece tan solitario. Van siguiendo los guijarros digitales que les dejan otros compatriotas. Parientes y amigos los jalan, a veces les pagan el viaje. Otras veces se los costean ellos mismos, acuden a sus familias, venden los bienes que tengan –como Kamal, que vendió una tierra familiar por lo que pudo– o se endeudan con su futuro como única garantía de pago.
En sus teléfonos tienen Facebook y WhatsApp y pueden ir avisando de lo que les pasa a lo largo del camino. Hilan redes por nacionalidades como, por ejemplo, la que han urdido malíes y senegaleses en Brasil y Argentina desde fines de los noventa. Tienen sus grupos de conversación donde los que ya pasaron los contactan con algunos protectores del camino —como Luis Guerrero Araya, a quién conocí en La Cruz, Costa Rica— y saben a quién advertirle si hay problema.
Una vez alguien encuentra tierra donde echar raíces, llama a los otros, y esos a otros más. Así ha hecho siempre la humanidad desde que existe: migrar en racimos.
Esta gran travesía también es posible porque, aunque ellos no sean bienvenidos en casi ningún lado, su dinero es apetecido en todas partes. Fluye fácil desde las cuentas de Karachi en Pakistán y Duala en Camerún hasta Cruzeiro do Oeste and Sao Paulo, en Brasil, o a Apartadó en Colombia; cruza todas las fronteras con muy poco papeleo, a través de múltiples servicios internacionales de giros instantáneos como Western Union o MoneyGram, los que nos mencionaron.
Eso le contaron a esta alianza periodística muchos migrantes en distintos puntos de la geografía americana, como también las fuentes oficiales, los académicos y los activistas con que hablamos.
Más de 40 periodistas y editores, camarógrafos, traductores y fotógrafos, productores y creativos, programadores y desarrolladores, diseñadores y artistas que construimos Migrantes de Otro Mundo. Nos unía un propósito: ponerles carne y hueso a estos migrantes que a los ojos del mundo han sido casi invisibles. Incluso en los informes anuales de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), apenas si asoman.
Sus historias solo se publican cuando les ocurren tragedias o, peor aún, cuando se habla de sus victimarios. En esta investigación, que se extendió durante nueve meses, en cambio, seguimos sus historias de principio a fin. Queríamos oír la opinión de quienes consiguieron vivir en el norte y saber si piensan que valió la pena el costo que pagaron; queríamos averiguar qué fue de los deportados y de los encarcelados, ponerles rostro y nombre a los que murieron, cuyos restos yacen en tumbas anónimas o fosas comunes en el margen del camino.
Nuestra esperanza es que después de navegar por los cinco capítulos de Migrantes de Otro Mundo se sepa que estos migrantes existen, con toda su humanidad, y que se escuche su único clamor: un paso seguro y digno por el continente.
¿Cuántos son y de dónde vienen?
Por la naturaleza clandestina de la mayoría de los viajes es imposible precisar el número exacto de asiáticos y africanos que pasan cada año por América Latina hacia Estados Unidos o Canadá. No obstante, cruzando los datos de cada país, nos aproximamos a una cifra que oscila entre 13.000 y 24.000 personas.
En un mapa animado se trazan las rutas principales por las que realizan el primer tramo transatlántico. Armamos este mapa de rutas a partir de estudios de expertos, expedientes judiciales e informes publicados por otros medios, pero sobre todo se basa en los relatos de los propios viajeros transcontinentales.
Ellos y ellas, a veces con sus hijos, toman vuelos desde Nueva Delhi, en India y conectan en Abu Dhabi o Dubai en los Emiratos Árabes; o vuelan desde Adís Abeba en Etiopía, o de Casablanca en Marruecos, o de Lagos en Nigeria, o Johannesburgo en Suráfrica, o desde Moscú en Rusia. Aterrizan en aeropuertos de Sao Paulo donde pueden bajarse o conectar a Quito o Panamá. También pueden llegar a Buenos Aires, Caracas o La Habana. Otros se van a probar suerte en los puertos marítimos africanos de Durban o Port Elisabeth, Freeport, Lagos, Malabo, o Pointe-Noire, donde se trepan a buques a veces de polizones y otras en cargueros o en barcazas que apenas si consiguen cruzar el Atlántico. Desembarcan en el puerto de Santos, cerca de Sao Paulo, o en el de Buenos Aires, o los rescatan en Maranhão, Brasil.
Una vez llegan a suelo americano, su trecho más difícil está por comenzar, como lo contamos en el segundo capítulo, Las Rutas por América.
Conseguimos las cifras oficiales disponibles más recientes en los países por dónde más transitan, pero las autoridades migratorias no siempre recogen las mismas estadísticas y es difícil que el número de migrantes de una nacionalidad registrado en Panamá, por ejemplo, sea el mismo exacto del de Costa Rica, su vecina. Este es un tránsito subrepticio, que franquea las fronteras más cerradas a escondidas y que cambia de derrotero constantemente para evitar ser detectado.
En su conjunto, sin embargo, las cifras permiten al menos establecer que los migrantes transcontinentales que más usaron esta ruta a lo largo de 2019 tienen pasaportes de Camerún, India, República Democrática del Congo (RDC), Bangladesh, Angola, Sri Lanka, Eritrea, Nepal, Pakistán, Ghana, Guinea y Mauritania.
También descubrimos que muchos de ellos llegan primero a Brasil, un país que durante años promovió la inmigración internacional. Entre enero de 2018 y enero de 2020, Brasil dio refugio a 27 760 extranjeros de 53 nacionalidades, entre ellos a 270 solicitantes de la RDC.
Después de un tiempo, muchos de ellos abandonan su solicitud de refugio o su refugio. Como averiguó Profissão Réporter de TV Globo, otro aliado de esta investigación, miles de migrantes llegan a barrios miserables de Sao Paulo, viven en tugurios u ocupan edificios abandonados en pésimas condiciones y no encuentran trabajo decente. Después de dos o tres años de intentar afincarse sin éxito en Brasil, siguen viaje hacia el norte. Es el caso de angoleños y nacionales de la RDC que encontramos haciendo su camino al norte. A muchos les niegan sus pedidos de refugio, como les sucede a la mayoría de personas provenientes de Bangladesh, Paquistán o Ghana que los solicitan.
Inmigrantes de otras nacionalidades, como los de Sri Lanka, no parecen empezar su travesía por Brasil. Apenas 39 de esta nacionalidad solicitaron refugio en Brasil entre 2017 y marzo de 2019. Sin embargo, según registros migratorios de 2019, una cantidad diez veces superior salió de Ecuador sin pasar por los puestos migratorios, lo que puede indicar la naturaleza clandestina de su viaje. En Costa Rica, las autoridades de migración registraron la llegada de 738 esrilanqueses.
Es probable que los puestos migratorios confundan a los ciudadanos de la RDC con los congoleses del Congo-Brazzaville y eso explique en parte la incongruencia de los datos. Pero también significa que al pasar por cruces más recónditos, logran no ser detectados. Un mapa interactivo en este capítulo revela otros casos similares: en Colombia, por ejemplo, apenas 103 eritreos fueron detectados por las autoridades, mientras que migración mexicana registró una cifra de migrantes de esa nacionalidad casi cuatro veces mayor.
Con frecuencia no llegan a su destino. Así le ocurrió a Sanjiv, Raja y Harpreet, nacidos en India y cuya historia contamos en alianza con The Confluence, medio del país asiático. En México, ya en el último trecho, los atraparon las autoridades junto con otros 308 de sus compatriotas, y después de encerrarlos los embarcaron en un avión de regreso a Nueva Delhi. También encontrarán aquí la historia del vietnamita Van Dung Nguyen, perdido en el laberinto de una justicia injusta en El Salvador.
El periodista Josep Pele y su familia de la República Democrática del Congo, quien además fue colaborador de esta alianza, sí consiguió llegar a Estados Unidos, pero encontró tan frustrante lo que le ofrecían —esperar un año para saber si le daban el refugio o no, sin permiso de trabajo— que siguió viaje a Canadá, donde hoy reside. Contamos su accidentado periplo. A Colette, de Camerún, la ubicamos ya del otro lado, en Odenton, Maryland, con sus hijas. El sueño americano, sin embargo, era más triste de lo que imaginó.
Sobre la ruta, un reportero de esta alianza encontró una pared de un refugio improvisado para migrantes en el Chocó colombiano en la que había mensajes y firmas que estos habían dejado como testimonio de su paso. Nos dimos a la tarea de buscarlos. Así encontramos a Ramesh, un nepalí que había dejado allí su mensaje cuando pasó en 2015 y, con la ayuda de un reportero en Nepal, reconstruimos su historia.
¿Cómo son los viajes?
Los Pasos Prohibidos (capítulo 3) son muchos, en este larguísimo recorrido donde casi todos los gobiernos ponen talanqueras.
El cruce de las selvas del Darién entre Colombia y Panamá, al que dedicamos un mini-documental, es el trayecto que ninguno olvida. El calor pegajoso, las lomas de la muerte, los olores de cuerpos pudriéndose en el fango… allí lo dejan todo, el alma incluida: algunos han tenido que dejar hasta a sus hijos.
El viaje no termina ahí. Al alcanzar la carretera panamericana en Panamá, ya en territorio civilizado, los migrantes reciben un aliento, pues tanto este país como el siguiente, Costa Rica, les facilitan el paso con transporte rápido y seguro. Muy pronto, sin embargo, llegan a Nicaragua, un país sin ley para los suyos y mucho menos para los foráneos. Allá tienen que pagar para pasar, y no siempre salen indemnes. Relatamos la experiencia de los migrantes que atraviesan ese sendero clandestino.
Contamos también de cómo es el tramo siguiente: el cruce diagonal del territorio hondureño, desde Choluteca en el sur, cerca de la frontera con Nicaragua, hasta la solitaria frontera con Guatemala, en Agua Caliente. A partir de este sórdido tramo los migrantes asiáticos y africanos ya no vuelven a dejarse ver a pleno día. Una vez cruzada Guatemala, ya cerca de la meta, los migrantes tienen que esperar en un campo en Tapachula, México.
Debido a un súbito cambio en el modo de aplicar la normativa, allí los hacinados llegaron a miles en octubre pasado. Durmiendo en carpas frente al centro de detención, la situación en poco tiempo se tornó explosiva, como lo cuenta un texto elaborado con base en las historias de quienes pasaron por allí.
Los que nunca llegan
Los migrantes también caen en el camino. La mayoría porque los países creen que cerrándoles las fronteras o impidiéndoles el paso por lugares seguros los harán desistir. Parece que no los conocieran. Si lo hicieran, sabrían que las fuerzas que los empujan no se limitan a la voluntad individual, sino que tienen que ver con los tiempos que corren (hambre, miseria, muerte y guerra) y que cuando uno da por desahuciado a su país no tiene otra alternativa que seguir adelante, de cualquier manera.
Rara vez los gobiernos pagan un costo político por el maltrato a estos migrantes. En Colombia se necesitó que hubiera un gran naufragio como el de enero de 2019, en el que murieron ahogados 21 migrantes, para que ese gobierno volviera a aflojar sus normas migratorias. Ahora, según nos contaron los migrantes, les da cinco días para cruzar los 1.200 kilómetros de su territorio y salir. En México, el acuerdo firmado con Estados Unidos para reducir el flujo de extranjeros que tratan de alcanzar el norte es aplaudido por la mayoría del país. Triste paradoja: un país de migrantes orgulloso por ejercer de policía para que otros migrantes no alcancen su objetivo.
Migrantes de Otro Mundo contó 110 migrantes muertos o desaparecidos de varias nacionalidades en la frontera entre Colombia y Panamá. Murieron ahogados en súbitas crecientes de los impredecibles ríos selváticos o en el mar; murieron de infarto por el enorme esfuerzo que exige el trayecto; murieron asesinados. De algunos no se sabe nada. Muchos no figuran en las cuentas oficiales de ningún país. La impresionante base de datos que recientemente construyó el Proyecto de Migrantes Desaparecidos de la OIM tampoco contabiliza a la mayoría.
En el capítulo cuarto, Los Caídos, mapeamos el rastro de muerte y desaparición que dejan las rutas de los migrantes de todas las nacionalidades, documentados por nosotros y por la OIM, entre 2016 y febrero de 2020.
Entre los muertos están las 21 personas que naufragaron y hoy yacen enterradas como anónimos en Acandí, un pueblo pesquero sobre el Golfo de Urabá en Colombia. Investigamos cómo terminaron allí y quiénes eran. A Víctor, de Camerún, también quedó en esa frontera y encontramos a su familia en Estados Unidos.
Además, en alianza con The Museba Project de Camerún, contamos la historia de los cameruneses que se ahogaron en 2019 en el mar al frente de la costa de Tonalá en Chiapas, México, y dejamos evidencia del dolor de los familiares que pusieron su fe en el futuro de un ser querido que volvió a su casa en ataúd.
Una cara amarga
A pesar de la "desnacionalización" económica de que han sido objeto los países del mundo, al decir de la socióloga Saskia Sassen, estos también han sufrido un proceso paralelo de "renacionalización". Esta se expresa a menudo en detener a migrantes como forma de ejercer control sobre el territorio, aun a veces en contradicción con los mismos tratados internacionales que han firmado y en los que se comprometen a dar refugio o asilo a quienes huyen de guerras, o a tratar con humanidad a migrantes económicos.
En las Américas, esta crisis de identidad de los países ha resultado en un mapa legislativo errático y casi nunca consensuado que favorece enormemente al tráfico de personas, una cara cruel de la migración mundial. Como no todos los migrantes cruzan el océano de la mano de coterráneos o de familiares, la necesidad los conduce fácilmente hacia traficantes que saben aprovechar los cierres y aperturas de fronteras para sumar nuevos costos, aprovechando sus nexos fluidos con mafias de otros tráficos ilegales.
Así trazan rutas para sus cargamentos humanos. Se adaptan rápidamente, coordinan entre sí sirviéndose de mensajería instantánea y global, y compartimentan los pagos y también la información, que les sueltan gota a gota a los migrantes. Estos, atrapados en sus garras, no tienen más remedio que ir agotando sus recursos y los de familiares y conocidos. Para el flujo de dinero, por supuesto, no hay fronteras.
El negocio no prospera porque haya países "laxos", como llaman las autoridades migratorias a quienes se ponen a tono con la globalización y abren sus fronteras a personas, sino porque hay países que las cierran, como si la migración no existiera.
Como cuenta el quinto capítulo de Migrantes de Otro Mundo, Un Negocio Cruel, la prohibición y el enorme mercado de viajeros hacen que el precio se infle y el negocio se vuelva boyante. La historias de este capítulo desnudan cómo operan estas redes criminales y sus diversos anillos de poder: desde las élites que cobran los viajes por adelantado a miles de dólares y coordinan los pagos entre las grandes capitales, las autoridades locales que corrompen y sacan su tajada, hasta los "coyotes" expiatorios, como es el caso de una dueña de hotel que empezó haciendo favores a migrantes en una frontera y terminó de peón del gran tablero del tráfico, o también de las ‘Mamá África’, una en Colombia y otra en América Central, esta última retratada aquí en profundidad.
Hay zonas iluminadas y más conocidas por las autoridades como la llegada legal y la salida clandestina de Ecuador —según lo documentamos con casos judicializados— y también hay otras más oscuras, cuyos contornos dibujamos en Venezuela.
En este continente tan desigual, también en la aplicación de la justicia las policías locales pueden confundir redes migratorias de amigos y conocidos que apoyan al que viaja con redes de tráfico mercantil, y terminan castigando a buenos samaritanos antes que a los pesos pesados. Ese parece ser el caso del proceso que relatamos contra tres senegaleses en Argentina.
El último portazo
Hoy, cuando el Coronavirus va dejando una estela de muerte por doquier, los países han cerrado sus puertas para evitar el contagio. La situación de los migrantes que viajan precariamente, a veces sin documentos y sin dinero, se tornó crítica.
Algunos de ellos están encerrados en centros de detención como el de Otay Mesa en San Diego, California, esperando que un juez considere su pedido de asilo. Ahora tendrán que esperar, con el riesgo de que Trump –cuyas políticas migratorias alcanzan el extremo xenófobo —alargue la suspensión de asilos más allá de la duración de la pandemia.
En Otay Mesa estuvo detenido Maxcello hasta mediados de mayo pasado, un camerunés sobreviviente del naufragio en Tonalá, México, cuya historia contamos aquí. Ya se anunció que allí hay al menos 41 contagiados del Covid-19.
Los mexicanos y centroamericanos que recién están llegando a la frontera durante la cuarentena son deportados a México, sin saber si están contagiados o no. Es México el que se ha encargado de devolverlos a sus países o abandonarlos en el sur para que sean ellos los que retornen, sin importar qué les suceda o de qué escapaban.
Además, Estados Unidos mantiene sus expulsiones habituales desde centros de detención sin control sanitario. Un mexicano devuelto de Houston, Texas, llegó enfermo a un albergue de migrantes en Nuevo Laredo y ya contagió a otros. Decenas de deportados a Guatemala llegaron con el virus, lo que provocó rechazo hacia los recién llegados.
A muchos viajeros provenientes de Asia y África que recién están llegando a Estados Unidos, al parecer, los están devolviendo deportados a sus países de origen. Y quienes iban a mitad de camino, cuando los países impusieron cuarentena, quedaron atrapados en albergues o en pueblos de frontera, superando los números que estos pueden recibir en condiciones humanitarias mínimas.
En Necoclí, el mismo pueblo en la esquina norte de Sur América donde conversé con Kamal en enero pasado, dos meses más tarde tuvieron que alojarse 294 personas, catorce de ellas africanas, desbordando la capacidad de la alcaldía local para atenderlos.
El coronavirus, potenciado por fenómenos globales como el cambio climático y la globalización económica, ha dejado en evidencia la gran contradicción de las políticas de migración actuales y el daño que ocasionan a quienes esa misma globalización expulsa.
En un mundo donde todo circula sin obstáculos excepto quienes huyen por su vida, la ambigüedad y el capricho en el cierre de fronteras y la suspensión repentina del derecho para la protección de refugiados y migrantes son crímenes por omisión.
Al esconderse detrás de una dudosa política nacional con el pretexto de proteger a sus ciudadanos, los países están contribuyendo a una crisis global que también los incluye a ellos, dándole la espalda a las personas que mejor ejemplifican la capacidad humana de soñar que nuestra vida puede ser mejor.
*Nota: Migrantes de Otro Mundo es una investigación periodística colaborativa y transnacional del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), en alianza con Occrp, Animal Político(México) y los medios regionales mexicanos Chiapas Paralelo y Voz Alterna para el sitio web En el camino de la Red Periodistas de a Pie; Univisión digital (Estados Unidos),Revista Factum(El Salvador); La Voz de Guanacaste (Costa Rica); Profissão Réporter de TV Globo (Brasil); La Prensa (Panamá); Revista Semana(Colombia); El Universo (Ecuador); Efecto Cocuyo (Venezuela); y Cosecha Roja (Argentina) en América Latina. También colaboraron en la investigación The Confluence(India), Record Nepal (Nepal), The Museba Project (Camerún) y Bellingcat (Reino Unido). La Fundación Avina y la Seattle International Foundation dieron apoyo especial a este proyecto.
El proyecto de investigación 'Migrantes de otro mundo', en el que participan 18 medios de 14 países, profundiza en la migración africana y asiática con destino a Estados Unidos o Canadá
María Teresa Ronderos
28/05/2020
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| Migrantes de otro mundo |
Conocí a Kamal la mañana del 16 de enero de este año en Necoclí, un pueblo de unos setenta mil habitantes, mar verde y arisco y pescadores pobres, al borde del Golfo de Urabá, en la esquina noroccidental de Colombia. Kamal venía huyendo de Daca, Bangladesh, después de que extremistas religiosos quemaran su tienda de té. En este país, los musulmanes sunitas son mayoría y, como el resto de la región, se ha visto afectado por los estragos del terrorismo global y de la guerra en su contra y por la demagogia sectaria de líderes de oriente y occidente, que termina en la práctica en ataques delincuentes contra casas, negocios y templos de minorías hindúes, budistas y cristianas.
Cada año, medio millón de bangladesíes se ven obligados a abandonar su país. A los exiliados por la violencia, como Kamal, se les suman los desplazados porque el cambio climático afecta especialmente a este país bajo y superpoblado: inundaciones y deslaves cada vez más frecuentes les deslíen la tierra bajo sus pies.
Como la mayoría de migrantes, muchos de ellos se refugian en los países vecinos, buscando rehacer sus vidas sin abandonar del todo sus regiones. No pocos, sin embargo, deciden irse a América. En Brasil, entre enero de 2017 y marzo de 2019, 1.608 bangladesíes presentaron sus solicitudes de refugio en Brasil.
Kamal también voló a Sao Paulo, pero no se quedó y conectó a Bolivia, para luego seguir por tierra al norte. En ese rumbo iba cuando conversamos con él en Necoclí. A lo largo de 2019, los bangladesíes estaban entre los africanos y asiáticos que más tomaron esta ruta a Estados Unidos o Canadá. Dejaron registro en Colombia, 703 nacionales de ese país y en México, fueron presentados ante autoridad migratoria 1.561.
Las fuerzas de la globalización que hoy nos trazan a todos la vida —economías transnacionales, milicias multinacionales, bombardeos ordenados a distancia, cambio climático, Internet— han abierto los grifos de la migración en todo el planeta. Hoy hay 50 millones de migrantes más que hace diez años y el porcentaje de gente que ha tenido que abandonar su lugar de origen ha ido en aumento.
El proyecto de investigación transfronteriza 'Migrantes de otro mundo', en el que han participado 18 medios periodísticos* en 14 países, descubre un capítulo intenso y poco conocido de la migración en nuestro mundo actual. La hemos llamado Migrantes de otro mundo porque cuenta las historias de viajeros que se embarcan o que vuelan entre diez y quince mil kilómetros al otro lado del mundo, y que una vez en Suramérica o en el Caribe atraviesan el continente en buses expresos o aviones, en lanchas rápidas o canoas apaleadas, en taxis clandestinos o carros particulares por atajos subrepticios y azarosos, siempre hacia el norte, a Estados Unidos o Canadá, como golondrinas aturdidas, atravesando a menudo tramos enteros sin más medios que las piernas, las alas de la esperanza.
Son migrantes de otro mundo porque en el momento en que pisan el continente, su bengalí, lingala o hausa, fula, hindi o nepalés, árabe, urdu o cingalés pierden todo su valor, y ni siquiera francés, portugués o inglés les sirven de mayor cosa en los pueblos más profundos, donde nadie les entiende.
Son de otro mundo porque su valentía y determinación son formidables. Resueltos a hacerse una vida nueva y –a menudo— a abrirle una oportunidad a quienes dejan atrás, no se arredran ni ante la explotación de los estafadores del camino, ni la hostilidad de los puestos migratorios, ni los corruptos, ni los asaltos y violaciones, ni el hambre, el miedo y las amenazas, ni la cárcel, ni la muerte.
"La muerte también es una opción de libertad", dice con frecuencia el colega Juan Arturo Gómez, integrante de este equipo periodístico que vive en la región del Golfo de Urabá, muy cerca a la frontera con Panamá. Le escuchó la frase a un inmigrante y se le quedó grabada.
¿Por qué una travesía tan larga?
Muchas razones los hacen tomar esta ruta, que parece absurdamente larga. Una que los africanos citan a menudo es que el camino a Europa por Libia, donde torturan y esclavizan a viajeros, les da terror. Otra es que cada vez hay menos cupos para refugiados en Estados Unidos, que hacían posible esperar pacientemente en casa hasta obtener permiso de volar directo, sin penurias.
En efecto, el gobierno Trump ha cerrado las cuotas para refugiados (reduciendo las 110 mil planeadas por la administración Obama para 2017 a 18 mil para este año, ahora reducidas a cero con el Coronavirus). No ha dejado más salida que intentar esta tortuosa y prolongada vía que puede tomarles meses, entrar ilegalmente y rogar para que una vez adentro les concedan el asilo. Eso hicieron 1.327 personas provenientes de la India que consiguieron asilo en Estados Unidos en 2018, el último año del que el gobierno da cifras.
Además, con la comunicación global e instantánea, ningún rincón parece tan distante, ni un viaje largo parece tan solitario. Van siguiendo los guijarros digitales que les dejan otros compatriotas. Parientes y amigos los jalan, a veces les pagan el viaje. Otras veces se los costean ellos mismos, acuden a sus familias, venden los bienes que tengan –como Kamal, que vendió una tierra familiar por lo que pudo– o se endeudan con su futuro como única garantía de pago.
En sus teléfonos tienen Facebook y WhatsApp y pueden ir avisando de lo que les pasa a lo largo del camino. Hilan redes por nacionalidades como, por ejemplo, la que han urdido malíes y senegaleses en Brasil y Argentina desde fines de los noventa. Tienen sus grupos de conversación donde los que ya pasaron los contactan con algunos protectores del camino —como Luis Guerrero Araya, a quién conocí en La Cruz, Costa Rica— y saben a quién advertirle si hay problema.
Una vez alguien encuentra tierra donde echar raíces, llama a los otros, y esos a otros más. Así ha hecho siempre la humanidad desde que existe: migrar en racimos.
Esta gran travesía también es posible porque, aunque ellos no sean bienvenidos en casi ningún lado, su dinero es apetecido en todas partes. Fluye fácil desde las cuentas de Karachi en Pakistán y Duala en Camerún hasta Cruzeiro do Oeste and Sao Paulo, en Brasil, o a Apartadó en Colombia; cruza todas las fronteras con muy poco papeleo, a través de múltiples servicios internacionales de giros instantáneos como Western Union o MoneyGram, los que nos mencionaron.
Eso le contaron a esta alianza periodística muchos migrantes en distintos puntos de la geografía americana, como también las fuentes oficiales, los académicos y los activistas con que hablamos.
Más de 40 periodistas y editores, camarógrafos, traductores y fotógrafos, productores y creativos, programadores y desarrolladores, diseñadores y artistas que construimos Migrantes de Otro Mundo. Nos unía un propósito: ponerles carne y hueso a estos migrantes que a los ojos del mundo han sido casi invisibles. Incluso en los informes anuales de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), apenas si asoman.
Sus historias solo se publican cuando les ocurren tragedias o, peor aún, cuando se habla de sus victimarios. En esta investigación, que se extendió durante nueve meses, en cambio, seguimos sus historias de principio a fin. Queríamos oír la opinión de quienes consiguieron vivir en el norte y saber si piensan que valió la pena el costo que pagaron; queríamos averiguar qué fue de los deportados y de los encarcelados, ponerles rostro y nombre a los que murieron, cuyos restos yacen en tumbas anónimas o fosas comunes en el margen del camino.
Nuestra esperanza es que después de navegar por los cinco capítulos de Migrantes de Otro Mundo se sepa que estos migrantes existen, con toda su humanidad, y que se escuche su único clamor: un paso seguro y digno por el continente.
¿Cuántos son y de dónde vienen?
Por la naturaleza clandestina de la mayoría de los viajes es imposible precisar el número exacto de asiáticos y africanos que pasan cada año por América Latina hacia Estados Unidos o Canadá. No obstante, cruzando los datos de cada país, nos aproximamos a una cifra que oscila entre 13.000 y 24.000 personas.
En un mapa animado se trazan las rutas principales por las que realizan el primer tramo transatlántico. Armamos este mapa de rutas a partir de estudios de expertos, expedientes judiciales e informes publicados por otros medios, pero sobre todo se basa en los relatos de los propios viajeros transcontinentales.
Ellos y ellas, a veces con sus hijos, toman vuelos desde Nueva Delhi, en India y conectan en Abu Dhabi o Dubai en los Emiratos Árabes; o vuelan desde Adís Abeba en Etiopía, o de Casablanca en Marruecos, o de Lagos en Nigeria, o Johannesburgo en Suráfrica, o desde Moscú en Rusia. Aterrizan en aeropuertos de Sao Paulo donde pueden bajarse o conectar a Quito o Panamá. También pueden llegar a Buenos Aires, Caracas o La Habana. Otros se van a probar suerte en los puertos marítimos africanos de Durban o Port Elisabeth, Freeport, Lagos, Malabo, o Pointe-Noire, donde se trepan a buques a veces de polizones y otras en cargueros o en barcazas que apenas si consiguen cruzar el Atlántico. Desembarcan en el puerto de Santos, cerca de Sao Paulo, o en el de Buenos Aires, o los rescatan en Maranhão, Brasil.
Una vez llegan a suelo americano, su trecho más difícil está por comenzar, como lo contamos en el segundo capítulo, Las Rutas por América.
Conseguimos las cifras oficiales disponibles más recientes en los países por dónde más transitan, pero las autoridades migratorias no siempre recogen las mismas estadísticas y es difícil que el número de migrantes de una nacionalidad registrado en Panamá, por ejemplo, sea el mismo exacto del de Costa Rica, su vecina. Este es un tránsito subrepticio, que franquea las fronteras más cerradas a escondidas y que cambia de derrotero constantemente para evitar ser detectado.
En su conjunto, sin embargo, las cifras permiten al menos establecer que los migrantes transcontinentales que más usaron esta ruta a lo largo de 2019 tienen pasaportes de Camerún, India, República Democrática del Congo (RDC), Bangladesh, Angola, Sri Lanka, Eritrea, Nepal, Pakistán, Ghana, Guinea y Mauritania.
También descubrimos que muchos de ellos llegan primero a Brasil, un país que durante años promovió la inmigración internacional. Entre enero de 2018 y enero de 2020, Brasil dio refugio a 27 760 extranjeros de 53 nacionalidades, entre ellos a 270 solicitantes de la RDC.
Después de un tiempo, muchos de ellos abandonan su solicitud de refugio o su refugio. Como averiguó Profissão Réporter de TV Globo, otro aliado de esta investigación, miles de migrantes llegan a barrios miserables de Sao Paulo, viven en tugurios u ocupan edificios abandonados en pésimas condiciones y no encuentran trabajo decente. Después de dos o tres años de intentar afincarse sin éxito en Brasil, siguen viaje hacia el norte. Es el caso de angoleños y nacionales de la RDC que encontramos haciendo su camino al norte. A muchos les niegan sus pedidos de refugio, como les sucede a la mayoría de personas provenientes de Bangladesh, Paquistán o Ghana que los solicitan.
Inmigrantes de otras nacionalidades, como los de Sri Lanka, no parecen empezar su travesía por Brasil. Apenas 39 de esta nacionalidad solicitaron refugio en Brasil entre 2017 y marzo de 2019. Sin embargo, según registros migratorios de 2019, una cantidad diez veces superior salió de Ecuador sin pasar por los puestos migratorios, lo que puede indicar la naturaleza clandestina de su viaje. En Costa Rica, las autoridades de migración registraron la llegada de 738 esrilanqueses.
Es probable que los puestos migratorios confundan a los ciudadanos de la RDC con los congoleses del Congo-Brazzaville y eso explique en parte la incongruencia de los datos. Pero también significa que al pasar por cruces más recónditos, logran no ser detectados. Un mapa interactivo en este capítulo revela otros casos similares: en Colombia, por ejemplo, apenas 103 eritreos fueron detectados por las autoridades, mientras que migración mexicana registró una cifra de migrantes de esa nacionalidad casi cuatro veces mayor.
Con frecuencia no llegan a su destino. Así le ocurrió a Sanjiv, Raja y Harpreet, nacidos en India y cuya historia contamos en alianza con The Confluence, medio del país asiático. En México, ya en el último trecho, los atraparon las autoridades junto con otros 308 de sus compatriotas, y después de encerrarlos los embarcaron en un avión de regreso a Nueva Delhi. También encontrarán aquí la historia del vietnamita Van Dung Nguyen, perdido en el laberinto de una justicia injusta en El Salvador.
El periodista Josep Pele y su familia de la República Democrática del Congo, quien además fue colaborador de esta alianza, sí consiguió llegar a Estados Unidos, pero encontró tan frustrante lo que le ofrecían —esperar un año para saber si le daban el refugio o no, sin permiso de trabajo— que siguió viaje a Canadá, donde hoy reside. Contamos su accidentado periplo. A Colette, de Camerún, la ubicamos ya del otro lado, en Odenton, Maryland, con sus hijas. El sueño americano, sin embargo, era más triste de lo que imaginó.
Sobre la ruta, un reportero de esta alianza encontró una pared de un refugio improvisado para migrantes en el Chocó colombiano en la que había mensajes y firmas que estos habían dejado como testimonio de su paso. Nos dimos a la tarea de buscarlos. Así encontramos a Ramesh, un nepalí que había dejado allí su mensaje cuando pasó en 2015 y, con la ayuda de un reportero en Nepal, reconstruimos su historia.
¿Cómo son los viajes?
Los Pasos Prohibidos (capítulo 3) son muchos, en este larguísimo recorrido donde casi todos los gobiernos ponen talanqueras.
El cruce de las selvas del Darién entre Colombia y Panamá, al que dedicamos un mini-documental, es el trayecto que ninguno olvida. El calor pegajoso, las lomas de la muerte, los olores de cuerpos pudriéndose en el fango… allí lo dejan todo, el alma incluida: algunos han tenido que dejar hasta a sus hijos.
El viaje no termina ahí. Al alcanzar la carretera panamericana en Panamá, ya en territorio civilizado, los migrantes reciben un aliento, pues tanto este país como el siguiente, Costa Rica, les facilitan el paso con transporte rápido y seguro. Muy pronto, sin embargo, llegan a Nicaragua, un país sin ley para los suyos y mucho menos para los foráneos. Allá tienen que pagar para pasar, y no siempre salen indemnes. Relatamos la experiencia de los migrantes que atraviesan ese sendero clandestino.
Contamos también de cómo es el tramo siguiente: el cruce diagonal del territorio hondureño, desde Choluteca en el sur, cerca de la frontera con Nicaragua, hasta la solitaria frontera con Guatemala, en Agua Caliente. A partir de este sórdido tramo los migrantes asiáticos y africanos ya no vuelven a dejarse ver a pleno día. Una vez cruzada Guatemala, ya cerca de la meta, los migrantes tienen que esperar en un campo en Tapachula, México.
Debido a un súbito cambio en el modo de aplicar la normativa, allí los hacinados llegaron a miles en octubre pasado. Durmiendo en carpas frente al centro de detención, la situación en poco tiempo se tornó explosiva, como lo cuenta un texto elaborado con base en las historias de quienes pasaron por allí.
Los que nunca llegan
Los migrantes también caen en el camino. La mayoría porque los países creen que cerrándoles las fronteras o impidiéndoles el paso por lugares seguros los harán desistir. Parece que no los conocieran. Si lo hicieran, sabrían que las fuerzas que los empujan no se limitan a la voluntad individual, sino que tienen que ver con los tiempos que corren (hambre, miseria, muerte y guerra) y que cuando uno da por desahuciado a su país no tiene otra alternativa que seguir adelante, de cualquier manera.
Rara vez los gobiernos pagan un costo político por el maltrato a estos migrantes. En Colombia se necesitó que hubiera un gran naufragio como el de enero de 2019, en el que murieron ahogados 21 migrantes, para que ese gobierno volviera a aflojar sus normas migratorias. Ahora, según nos contaron los migrantes, les da cinco días para cruzar los 1.200 kilómetros de su territorio y salir. En México, el acuerdo firmado con Estados Unidos para reducir el flujo de extranjeros que tratan de alcanzar el norte es aplaudido por la mayoría del país. Triste paradoja: un país de migrantes orgulloso por ejercer de policía para que otros migrantes no alcancen su objetivo.
Migrantes de Otro Mundo contó 110 migrantes muertos o desaparecidos de varias nacionalidades en la frontera entre Colombia y Panamá. Murieron ahogados en súbitas crecientes de los impredecibles ríos selváticos o en el mar; murieron de infarto por el enorme esfuerzo que exige el trayecto; murieron asesinados. De algunos no se sabe nada. Muchos no figuran en las cuentas oficiales de ningún país. La impresionante base de datos que recientemente construyó el Proyecto de Migrantes Desaparecidos de la OIM tampoco contabiliza a la mayoría.
En el capítulo cuarto, Los Caídos, mapeamos el rastro de muerte y desaparición que dejan las rutas de los migrantes de todas las nacionalidades, documentados por nosotros y por la OIM, entre 2016 y febrero de 2020.
Entre los muertos están las 21 personas que naufragaron y hoy yacen enterradas como anónimos en Acandí, un pueblo pesquero sobre el Golfo de Urabá en Colombia. Investigamos cómo terminaron allí y quiénes eran. A Víctor, de Camerún, también quedó en esa frontera y encontramos a su familia en Estados Unidos.
Además, en alianza con The Museba Project de Camerún, contamos la historia de los cameruneses que se ahogaron en 2019 en el mar al frente de la costa de Tonalá en Chiapas, México, y dejamos evidencia del dolor de los familiares que pusieron su fe en el futuro de un ser querido que volvió a su casa en ataúd.
Una cara amarga
A pesar de la "desnacionalización" económica de que han sido objeto los países del mundo, al decir de la socióloga Saskia Sassen, estos también han sufrido un proceso paralelo de "renacionalización". Esta se expresa a menudo en detener a migrantes como forma de ejercer control sobre el territorio, aun a veces en contradicción con los mismos tratados internacionales que han firmado y en los que se comprometen a dar refugio o asilo a quienes huyen de guerras, o a tratar con humanidad a migrantes económicos.
En las Américas, esta crisis de identidad de los países ha resultado en un mapa legislativo errático y casi nunca consensuado que favorece enormemente al tráfico de personas, una cara cruel de la migración mundial. Como no todos los migrantes cruzan el océano de la mano de coterráneos o de familiares, la necesidad los conduce fácilmente hacia traficantes que saben aprovechar los cierres y aperturas de fronteras para sumar nuevos costos, aprovechando sus nexos fluidos con mafias de otros tráficos ilegales.
Así trazan rutas para sus cargamentos humanos. Se adaptan rápidamente, coordinan entre sí sirviéndose de mensajería instantánea y global, y compartimentan los pagos y también la información, que les sueltan gota a gota a los migrantes. Estos, atrapados en sus garras, no tienen más remedio que ir agotando sus recursos y los de familiares y conocidos. Para el flujo de dinero, por supuesto, no hay fronteras.
El negocio no prospera porque haya países "laxos", como llaman las autoridades migratorias a quienes se ponen a tono con la globalización y abren sus fronteras a personas, sino porque hay países que las cierran, como si la migración no existiera.
Como cuenta el quinto capítulo de Migrantes de Otro Mundo, Un Negocio Cruel, la prohibición y el enorme mercado de viajeros hacen que el precio se infle y el negocio se vuelva boyante. La historias de este capítulo desnudan cómo operan estas redes criminales y sus diversos anillos de poder: desde las élites que cobran los viajes por adelantado a miles de dólares y coordinan los pagos entre las grandes capitales, las autoridades locales que corrompen y sacan su tajada, hasta los "coyotes" expiatorios, como es el caso de una dueña de hotel que empezó haciendo favores a migrantes en una frontera y terminó de peón del gran tablero del tráfico, o también de las ‘Mamá África’, una en Colombia y otra en América Central, esta última retratada aquí en profundidad.
Hay zonas iluminadas y más conocidas por las autoridades como la llegada legal y la salida clandestina de Ecuador —según lo documentamos con casos judicializados— y también hay otras más oscuras, cuyos contornos dibujamos en Venezuela.
En este continente tan desigual, también en la aplicación de la justicia las policías locales pueden confundir redes migratorias de amigos y conocidos que apoyan al que viaja con redes de tráfico mercantil, y terminan castigando a buenos samaritanos antes que a los pesos pesados. Ese parece ser el caso del proceso que relatamos contra tres senegaleses en Argentina.
El último portazo
Hoy, cuando el Coronavirus va dejando una estela de muerte por doquier, los países han cerrado sus puertas para evitar el contagio. La situación de los migrantes que viajan precariamente, a veces sin documentos y sin dinero, se tornó crítica.
Algunos de ellos están encerrados en centros de detención como el de Otay Mesa en San Diego, California, esperando que un juez considere su pedido de asilo. Ahora tendrán que esperar, con el riesgo de que Trump –cuyas políticas migratorias alcanzan el extremo xenófobo —alargue la suspensión de asilos más allá de la duración de la pandemia.
En Otay Mesa estuvo detenido Maxcello hasta mediados de mayo pasado, un camerunés sobreviviente del naufragio en Tonalá, México, cuya historia contamos aquí. Ya se anunció que allí hay al menos 41 contagiados del Covid-19.
Los mexicanos y centroamericanos que recién están llegando a la frontera durante la cuarentena son deportados a México, sin saber si están contagiados o no. Es México el que se ha encargado de devolverlos a sus países o abandonarlos en el sur para que sean ellos los que retornen, sin importar qué les suceda o de qué escapaban.
Además, Estados Unidos mantiene sus expulsiones habituales desde centros de detención sin control sanitario. Un mexicano devuelto de Houston, Texas, llegó enfermo a un albergue de migrantes en Nuevo Laredo y ya contagió a otros. Decenas de deportados a Guatemala llegaron con el virus, lo que provocó rechazo hacia los recién llegados.
A muchos viajeros provenientes de Asia y África que recién están llegando a Estados Unidos, al parecer, los están devolviendo deportados a sus países de origen. Y quienes iban a mitad de camino, cuando los países impusieron cuarentena, quedaron atrapados en albergues o en pueblos de frontera, superando los números que estos pueden recibir en condiciones humanitarias mínimas.
En Necoclí, el mismo pueblo en la esquina norte de Sur América donde conversé con Kamal en enero pasado, dos meses más tarde tuvieron que alojarse 294 personas, catorce de ellas africanas, desbordando la capacidad de la alcaldía local para atenderlos.
El coronavirus, potenciado por fenómenos globales como el cambio climático y la globalización económica, ha dejado en evidencia la gran contradicción de las políticas de migración actuales y el daño que ocasionan a quienes esa misma globalización expulsa.
En un mundo donde todo circula sin obstáculos excepto quienes huyen por su vida, la ambigüedad y el capricho en el cierre de fronteras y la suspensión repentina del derecho para la protección de refugiados y migrantes son crímenes por omisión.
Al esconderse detrás de una dudosa política nacional con el pretexto de proteger a sus ciudadanos, los países están contribuyendo a una crisis global que también los incluye a ellos, dándole la espalda a las personas que mejor ejemplifican la capacidad humana de soñar que nuestra vida puede ser mejor.
*Nota: Migrantes de Otro Mundo es una investigación periodística colaborativa y transnacional del Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), en alianza con Occrp, Animal Político(México) y los medios regionales mexicanos Chiapas Paralelo y Voz Alterna para el sitio web En el camino de la Red Periodistas de a Pie; Univisión digital (Estados Unidos),Revista Factum(El Salvador); La Voz de Guanacaste (Costa Rica); Profissão Réporter de TV Globo (Brasil); La Prensa (Panamá); Revista Semana(Colombia); El Universo (Ecuador); Efecto Cocuyo (Venezuela); y Cosecha Roja (Argentina) en América Latina. También colaboraron en la investigación The Confluence(India), Record Nepal (Nepal), The Museba Project (Camerún) y Bellingcat (Reino Unido). La Fundación Avina y la Seattle International Foundation dieron apoyo especial a este proyecto.
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